Podríamos esperar que el impacto en el sueño durante la Pandemia fuese positivo, más horas en la casa, menos estrés ambiental asociado a viajar, mayor posibilidad de organización del tiempo, entre otros. No obstante, el impacto ha sido al revés, es decir, de carácter negativo. ¿Cuáles son las causas de aquello y cuáles han sido sus efectos? Partamos pensando en lo que sabemos sobre los beneficios de dormir y sus efectos cuando no lo hacemos.

Sabemos que el dormir es una de las acciones naturales del cuerpo para reparar el desgaste diario, para asentar lo aprendido, para estabilizar las emociones del día, para bajar el estrés y recuperarnos de los excesos de cortisol, sostener funcionando de forma adecuada nuestro sistema inmune, descansar y sobre todo permitirnos realizar las funciones diarias de forma óptima. Sabemos, además, que no dormir o dormir mal implica un estrés adicional al cuerpo, el cansancio se acumula y afecta las funciones cognitivas partiendo por las básicas, sean éstas concentración, atención, memoria; para luego afectar las funciones ejecutivas como toma de decisiones, capacidad para resolver problemas y planificar, rapidez y agilidad mental. En síntesis, no dormir o dormir mal aumenta el cansancio, el rendimiento y afecta nuestra repuesta de salud médica. Emocionalmente afecta el estado anímico, aumenta los niveles de irritabilidad, mayor ansiedad, incluyendo la generación de síntomas depresivos asociados al cansancio. Sumemos a lo anterior, qué si nuestras funciones cognitivas y afectivas están afectadas negativamente por un mal sueño, inevitablemente se ve afectado por correlato nuestras conductas asociadas a las relaciones interpersonales y laborales.

Entonces, qué ha pasado en pandemia:

Hemos aumentado el uso de pantallas y de horas frente a la pantalla. Computadores, celulares, tablets, televisión. La vida social, laboral, de entretenimiento y de descanso se ha asimilado a estar conectados. Entonces una situación social nos ha llevado a tener una solución conductual que en muchos sentidos es justa y necesaria, no obstante, no bien manejada nos lleva a desarrollar trastornos del sueño con las alteraciones ya indicadas.

En este sentido el primer elemento a considerar es que las pantallas sostienen luz día, eso implica para el cerebro asimilar que tenemos un largo día y por ende la producción de melatonina (hormona inductora del sueño) decae. Esta hormona se comienza a segregar naturalmente cuando la luz del día se comienza a ir. Si estamos conectados todo el tiempo recibiendo esa luz, nuestro cuerpo no se prepara naturalmente para el sueño, así cuando queremos dormir desarrollamos insomnios, o no alcanzamos a entrar en estados profundos de sueño, es decir cumplir con el ciclo completo. Sabemos que durante la noche pasamos por varios ciclos que inducen al cuerpo a una mayor profundidad, y nuestro cerebro cambia de ondas permitiendo las reparaciones y descansos necesarios, cuando eso no ocurre sometemos a estrés nuestro cuerpo.

Por otra parte, la pandemia ha facilitado que la frecuencia y cantidad de tiempo frente a pantallas sea mayor, el aumento de personas acostadas con el celular en la mano ha crecido, de juegos en línea, el uso de las redes sociales y mirar Instagram o youtube, ha ido aumentado la adicción a las pantallas. Sabemos, por ejemplo, que el uso del celular y tablets en niños menores de 6 años es perjudicial para su desarrollo cognitivo y afectivo, puesto que aumenta los centros de gratificación inmediata generando adicción a temprana edad y debilita la capacidad de regulación de los impulsos.

La adicción a pantallas implica que las personas postergan sus horas de sueño por usar las pantallas. En este sentido, además, sus cerebros se quedan literalmente pegados en la acción que estaban haciendo en la pantalla y aunque inicien el sueño, éste no logra ser reparador porque ese cerebro aún está activo. La recomendación es dejar de usar las pantallas al menos con una a dos horas antes de irse a dormir. Esta instrucción es cada vez más difícil de seguir debido al contexto de pandemia y a los malos hábitos que hemos desarrollado en ella.

Otro aspecto importante en relación al sueño en pandemia, es que la falta de actividad física que implica el encierro por cuarentena hace que el cuerpo entre en un estado de hibernación, ya que gastamos menos energía. En este sentido algunas personas reportan mayor cantidad de sueño, pero menos reparador, ya que no se equilibra el gasto energético y la secreción de otras hormonas que acompañan el buen dormir y el buen despertar. Así mismo, personas con altos montos de energía, al no poder gastarla adecuadamente reportan mayor tasa de insomnio que en otras épocas.

Finalmente y no menor es que existe una correlación significativa entre el sueño y la obesidad. Las personas que duermen menos o mal tienen mayor predisposición a subir de peso y desarrollar obesidad que las que duermen bien. Pensemos entonces que en pandemia el aumento de peso y los trastornos del sueño han aumentado.

¿Qué hacer? tomar conciencia, cambiar de hábitos y consultar en los casos que se requiera para poder volver a dormir y sanar nuestro cuerpo y nuestra mente.