“¡Vamos no te rindas, la gente que lo hace es sólo porque es débil! (…) Si tienes esa actitud nadie te va a querer (…) ¿Cómo lloras en el trabajo? Debieras ser más profesional y separar tú vida personal (…) ¿Hasta cuándo vas a estar triste?”. ¿Cuántas veces hemos oído frases de este estilo? ¿Cuántas veces hemos tenido que ocultar nuestros sentimientos y pensamientos por temor a ser juzgados por el resto?

Se piensa que el único estado emocional socialmente aceptado es la felicidad y la carencia de problemas, por lo cual debemos preguntarnos: ¿hay alguien de verdad que nunca haya tenido un problema?

Hoy en día parece que “estar bien” es un mandato social, es algo esperable en todos nosotros, que nada nos afecta y que siempre podemos funcionar como reloj suizo.

Hemos visto que, a propósito de los Juegos Olímpicos, deportistas de alto rendimiento como Simone Biles y Arley Méndez han decidido dar un paso al costado, señalando tener dificultades en su salud mental, sintiendo altos montos de exigencia, ansiedad y, además, otro tipo de sintomatologías. Lo curioso de ello es que, sabiendo que la salud mental es uno de los problemas de salud con mayor prevalencia en el mundo e incrementada aún más por pandemia, muchas personas han juzgado a estos deportistas.

Hemos sido testigos de cómo el hablar de los sentimientos, el expresar dificultades, el privilegiar la salud mental frente a distintos tipos de éxitos, son socialmente castigados.

La vida nos ha evidenciado -aún más en contexto sanitario- lo complejo que es sobrellevar el día a día en pandemia, estudiando, trabajando, pagando cuentas y un sinfín de actividades cotidianas, por lo cual intentamos sobrevivir, mantener una vida estable, rodearnos de quienes nos importan y hacer las cosas que nos hagan sentido. Es por esto que no permitamos que el “estar bien” siga siendo un mandato social. Es correcto sentirse mal de vez en cuando y, por sobre todo, es importante que podamos expresarlo siempre que lo necesitemos.