La Iglesia está herida. Los terribles casos de abuso de algunos de sus miembros aparecen como una llaga abierta, a veces sangrando, a veces infectada.

En ese sentido, el cuerpo de la Iglesia (su cabeza es Cristo) requiere una curación profunda: se necesita lavar, limpiar, desinfectar y suturar el tejido. Esa curación pasa, no única ni exclusivamente, pero si en buena parte, por una adecuada “corrección fraterna”. Pues sólo la corrección entre los miembros de la Iglesia puede volver a hacernos responsables por los destinos de nuestros hermanos, invitándoles a la reparación y a la conversión.   El mismo Papa Francisco señalaba esto como una exigencia para los católicos de Chile: “La Santa Madre Iglesia hoy necesita del Pueblo fiel de Dios, necesita que (se) nos interpele […]. La Iglesia necesita que ustedes saquen el carné de mayores de edad, espiritualmente mayores, y tengan el coraje de decirnos, ‘esto me gusta’, ‘este camino me parece que es el que hay que hacer’, ‘esto no va’… Que nos digan lo que sienten y piensan” (Carta al pueblo de Dios que peregrina en Chile, 2018).

En efecto, muchos de los abusos pueden atribuirse al clericalismo ensimismado de algunos de sus pastores, que no permitió ni menos promovió el discernimiento de sus ovejas. El Santo Padre habla de mesianismo y autoritarismo, que en lugar de fomentar el juicio crítico y la formación de las conciencias, intentó usurparlas. Pero también los abusos pueden explicarse por un cierto narcisismo y elitismo de algunos de sus ministros, un sentimiento de superioridad y de creerse especiales que los volvió sordos y ciegos ante las propias faltas y debilidades.

La corrección fraterna promueve justamente lo contrario, en ese sentido, es una eficaz exigencia propia de un cristianismo maduro, capaz de advertir precisamente al hermano del mal que ha estado haciendo y del bien que debe realizar.

Pero la corrección fraterna no es la simple crítica, ni la crítica desde fuera ni la realizada “para darse un gustito”. En este ámbito, me parece que Tomás de Aquino puede resultar un excelente maestro.

El santo dominico le dedica ocho extensos artículos de la cuestión 33 de la segunda parte de la Suma Teológica a la correctio fraterna. Ésta es abordada en el tratado sobre la caridad, después de la virtud de la fe y de la esperanza. Lo que es tremendamente decidor para comprender de qué trata.

Para Tomás de Aquino la corrección fraterna es un acto de misericordia, que supone la justicia, pero no equivale a la denuncia hecha desde un pedestal de superioridad ni a la venganza encendida por la rabia. Incluso llega a decir que la corrección fraterna, que no es otra cosa que corregir al culpable, es un acto de caridad más esencial que las obras de misericordia para atender al enfermo o dar de comer al hambriento, pues en ella está en juego el mal espiritual del más cercano.

“Remover el mal es de la misma naturaleza que procurar el bien. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado” (Suma de Teología, II-II, q.33 a.1)

Ello no significa, tampoco, convertirnos en “fiscales de la vida ajena” (exploratores vitae aliorum) dice Santo Tomás (Ibid, a.2, ad.4).  Las palabras del fraile medieval suenan actualísimas, pues efectivamente la nuestra es una época que se ha convertido en una sociedad de vigilantes y censores de la moral pública, en la que todo se escrudiña, controla y condena. Pero para el Doctor de la Iglesia la corrección es más bien un acto de corresponsabilidad y de benevolencia con el otro, en la que soportamos con él sus pecados (Ibid, a.1 ad.3)

Lo interesante es que esta actitud correctiva no se limita sólo a nuestros hermanos iguales.  También Santo Tomás dedica un artículo precisamente a la corrección a los superiores (los prelados), presbíteros y obispos que detenten alguna autoridad pero que han cometido alguna falta grave. En este ámbito Tomás vuelve a aconsejar actuar con mansedumbre y respeto, nunca con dureza y maldad, pues se trata de reprender a alguien que es como un padre. Mucho menos cabe la infamia o el interés destruir. Para Tomás de Aquino, esta corrección, dirigida por el que es menos al que es más, no es un acto de soberbia, sino de celo apostólico. El mismo San Pablo –nos recuerda Santo Tomás- corrigió a San Pedro –primer pontífice- cuando mucho estaba en juego, y precisamente por esta razón:

“Creerse en todo mejor que su superior, parece presuntuosa soberbia; pensar en cambio, que se es mejor en algo no tiene nada de presunción, ya que en esta vida no hay nadie sin defecto. Pero hay que tener en cuenta también que quien amonesta con caridad a su superior, no por eso se considera mejor, sino que va en auxilio de quien está en un peligro tanto mayor cuantos más alto puesto ocupa” (Suma de Teología, a.4 ad. 3).

En esa línea, la corrección fraterna –en los términos que ha señalado el Aquinate- es el mejor auxilio humano que podemos proporcionar a la Iglesia en estos momentos, junto con la oración y la penitencia.

Porque la corrección fraterna con caridad como dice el mismo Francisco en otra parte, es como una “anestesia que ayuda a recibir la curación y aceptar la corrección”, y en esencia, “un acto para curar el cuerpo herido de la Iglesia” (La tarea de remendar agujeros, 2014).

 

Ignacio Serrano del Pozo

Director de Centro de Estudios Tomistas