¿Conoce gente que deja todo para última hora?; que hace sin problema las cosas que le gustan, pero se da mil vueltas para hacer los deberes; que tiene impulsos repentinos de llevar a cabo una tarea, pero se distrae en el camino y finalmente dará una excusa externa por no haber cumplido: “¡Es que justo anoche se cortó internet!”. Pues bien, si ha visto esto, usted ya sabe de conductas de procrastinación y tal vez ha conocido personas procrastinadoras.

Alguien podría decir que es un problema de nuestros tiempos y de los jóvenes, culpando a la tecnología y las redes sociales. Sin embargo, hay autores que señalan que la procrastinación se ha presentado con frecuencia a lo largo de la historia, pero que sólo a partir de la revolución industrial se ha vislumbrado la connotación negativa de estas conductas.

Desde una mirada simplista podríamos decir que hay gente que funciona así, que “le va bien” y que parece feliz. Sin embargo, existe de base un conflicto para la persona entre lo que quiere y lo que debe hacer. Como el procrastinador no es una persona que planifique y se organice a mediano y largo plazo, la estrategia compensatoria es disfrutar las consecuencias positivas a corto plazo y “echarle la culpa al empedrado” por aquello que no funciona como se espera. La postergación de la tarea puede llevar incluso al abandono de la misma. La justificación que protege al “si mismo” es una falta de tiempo más que una falta de capacidad.

Los estudios indican que en el fondo de la conducta procrastinadora hay miedo al fracaso, incertidumbre, ansiedad, problemas de autoestima, autocontrol y autoconfianza, pudiendo llegar a la depresión y desesperanza. Cognitivamente, hay un procesamiento disfuncional de la información, llevando a creencias irracionales o pensamientos obsesivos cuando el tiempo de cumplimiento se acerca.

Los estudios también permiten clasificar los comportamientos procrastinadores, por ejemplo en pasivos y activos, o evitativos y rebeldes. Se ha estudiado bastante la procrastinación académica, por las graves consecuencias que conlleva. La conducta puede ser reforzada por el éxito académico inicial y promover la idea de que hay personas que “funcionan mejor bajo presión”. Posteriormente, aparece una relación significativa entre procrastinación y bajo rendimiento escolar, y entre procrastinación académica y estrés en estudiantes universitarios.

Ya que el procrastinar se puede convertir en una forma de vida, es importante que los adultos den ejemplos adecuados de programación y anticipación. Que enseñen y refuercen hábitos, en particular los de estudio. Que alienten la autoestima, las expectativas de autoeficacia (“Tú puedes”), la tolerancia a la frustración y la autorregulación emocional. Que transmitan motivación de logro a corto, mediano y largo plazo, sin dejar de lado el presente y propiciando espacios en la rutina para disfrutarlo.