Continuamos en este espacio resaltando la trascendencia de la lactancia materna. Creo que no es necesario volver a reforzar los beneficios que ya conocemos de ella sobre nuestros hijos o hijas; sino que por el contrario, es muy interesante estar al tanto sobre los redescubrimientos y respaldos que áreas como la neurociencia han realizado al respecto.

“(…) en la composición de la lactancia materna podemos destacar a 4 principales componentes: ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (DHA-AA),  colina,  gangliosidos y hierro”.

Contextualizando, hablaremos del concepto de neurodesarrollo y su relación con la lactancia materna; y como ésta juega un rol fundamental en el desarrollo futuro de nuestros hijos.

Partiremos profundizando primero en la composición de la lactancia materna, donde podemos destacar a 4 principales componentes: ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (DHA-AA),  colina,  gangliosidos y hierro.

En cuanto al neurodesarrollo se refiere, el principal grupo de sustancias que se relaciona con este proceso son los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, que se depositan especialmente en el cerebro y en la retina, y que son requeridos para una adecuada neurotransmisión, además de estar involucrados en la arborización dendrítica y la reparación neuronal posterior a una lesión celular.

Dentro de este grupo, sus dos principales exponentes son el ácido araquidónico (AA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), los cuales, y en lo que corresponde a la vida intrauterina, se obtienen a través de la placenta, encontrándose una alta concentración de estos ácidos grasos en el tejido nervioso fetal; sin embargo, después del nacimiento, estas reservas tienden a disminuir, predominantemente el DHA.

El DHA no es un nutriente esencial en el adulto, a causa de que el cuerpo humano lo puede sintetizar endógenamente a través del ácido linoleico. En el lactante, no obstante, se conoce como un nutriente esencial, ya que no es capaz de sintetizar endógenamente de forma eficiente, dada la inmadurez enzimática que este presenta en el inicio de su vida; por lo tanto, debe recibirlo de una fuente exógena, siendo la leche materna la principal fuente de éste.