La caravana de migrantes centroamericanos que va a pie rumbo a los Estados Unidos nos vuelve a poner sobre la mesa una temática candente. Somos testigos de cómo un drama humano se transforma en un problema político. El presidente Trump ha dado orden de reforzar la frontera con México para impedir su ingreso ilegal al país, movilizando más de 15 mil soldados.   Chile tampoco está ajeno a este fenómeno; particularmente por el llamado “Plan Retorno” del Gobierno, que ofrece la oportunidad al pueblo haitiano de regresar voluntariamente a su patria, sin costo económico, pero con el compromiso de no regresar en un lapso de 9 años.

Desde nuestros orígenes como nación, estas tierras han acogido a gente de muy diversa procedencia, pues somos un crisol de pueblos provenientes de distintas geografías. Alemanes, franceses, ingleses, italianos, croatas, sirios, judíos o palestinos, son algunas de las colonias fácilmente reconocibles, y con más tradición en nuestro país, dándole un toque de sabor especial a nuestra patria y una enorme contribución a nuestro crecimiento y desarrollo.

Hoy en día, según datos recientes del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), son cerca de 750 mil los migrantes que viven en el país, lo que representa menos del 5% del total de la población, y muy lejos del 10, 15 o 20% de algunos estados en los EE. UU. o países occidentales de la Unión Europea, tales como Alemania, España, Francia, Italia o Reino Unido, por mencionar algunos.

El crecimiento económico, la estabilidad política, y la paz social han contribuido a hacer de Chile un destino atractivo para los migrantes. A ello se suman la serie de conflictos y problemas sociales y políticos de varios países de nuestro entorno. Por ejemplo, la crisis política en Venezuela, la pobreza extrema en Haití, o la violencia y el caos de la guerrilla, la delincuencia y narcotráfico en Colombia, sin duda han sido factores externos de atracción.

La relativamente reciente migración de los países recién mencionados ha despertado ciertas susceptibilidades que debemos erradicar. De ninguna manera es aceptable muestra alguna de racismo o xenofobia, puesto que la tolerancia y el pluralismo son dos de los valores de la postmodernidad sobre los que se ha levantado buena parte de la arquitectura social que hoy nos sostiene.

Para el caso nacional, el actual gobierno ha dado señales de querer ordenar la casa, modificando la actual ley de extranjería, ajustándola a las necesidades de nuestro tiempo. Proyecto que busca acoger y dar un trato más humano y justo, combatir las redes de tráfico de inmigrantes, impedir el acceso a personas con antecedentes penales, la creación de una nueva institucionalidad migratoria: el Servicio Nacional de Migraciones, así como establecer un sistema flexible de categorías migratorias, según sea el caso.

Lo positivo de lo anterior es que se rescatan iniciativas provenientes de distintos colores políticos. Es decir, avanzamos con los dos pies y no a saltos de izquierda o derecha. Por tanto, todo hace pensar que, si el proyecto llega a buen puerto, podremos decir que como país nos acercamos –otro poco- al sueño del desarrollo.