La voz que hizo de su sueño un proyecto para sí mismo y la sociedad, el reciente 4 de abril hace justo cincuenta años que fue acallada de manera violenta. Su eco, sin embargo, sigue poniendo de manifiesto que sólo el esfuerzo continuado y compartido, animado por un sueño, puede lograr el bien común.

El Nobel de la Paz que se atrevió a soñar y a vivir en coherencia con su sueño, no nos deja acomodarnos en el confort, sino que invita a vivir los valores claves para la excelencia.

Martin Luther King Jr. (1929 – 1968) luchó con empeño en una preparación espiritual, intelectual y moral que le capacitó para perseguir y liderar a otros hacia su sueño: el igual reconocimiento de todos los ciudadanos, a nivel personal y social, con independencia de su color de piel. Para eso estudió sin conformarse con la educación básica mínima: hizo también estudios superiores de sociología que completó con un doctorado en teología (para lo cual se familiarizó con Santo Tomás de Aquino, auténtico paladín de la ley y del derecho natural, base de cualquier derecho humano).

También buscó con rectitud interior su vocación y su lugar en la vida que la concretó como pastor baptista. En esa labor se esforzó y destacó, en primer lugar, por sus sermones, no solamente bien fundados, sino de una brillante oratoria y estilo y, en segundo lugar, por liderar una asociación de promoción de los derechos para las personas de color. También tuvo especial esmero en el cultivo de su vida interior: en lo intelectual fue siempre un estudioso inquieto, gracias a lo cual descubrió la doctrina de Gandhi, que le pareció la única adecuada y la más coherente con su fe cristina para avanzar en su sueño de aun sociedad justa. Su vida interior también la cultivó y alude abiertamente a la oración y a su contacto personal con el Señor como la base de su vida y la fuerza en su ideal. Conmueven en ese sentido sus experiencias de la cercanía y apoyo de Dios como Padre providente cuando aparentemente todo estaba perdido. Pero no podemos olvidar su ternura hacia la familia y especialmente el apoyo en su mujer, que continuó su obra tras su muerte.

Sin duda, la dimensión más conocida de su esfuerzo y excelencia fue la de la continuada lucha por el reconocimiento de los iguales derechos de su gente a través de medios de oposición pacíficos. No siempre fue comprendido, pues su postura exigía una madurez humana muy grande y un dominio propio capaz de amar (quizás no sensible, pero sí racionalmente) incluso a los enemigos, como dice en uno de sus sermones. Impactan algunas de sus palabras en este sentido:

“La violencia crea más problemas sociales de los que resuelve, y por tanto no conduce nunca a una paz permanente. Estoy convencido de que, si sucumbimos a la tentación de utilizar la violencia en nuestra lucha por la libertad, las generaciones venideras son las destinadas a soportar una larga y desolada noche de amargura, y nuestro principal legado será para ellos el inacabable reino del caos” (“Fuertes de espíritu, tiernos de corazón”, La fuerza de amar, 19).

El gran hito de esta lucha fue la Marcha sobre Washington, en agosto del 1963, en la que se dirigió a una multitud de unas 250.000 personas con su famoso discurso: “Tengo un sueño: que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo. Nosotros sostenemos como evidente esta verdad: Todos los hombres son creados iguales… Yo tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán en una nación donde no se les juzgará por el color de la piel sino por sus cualidades” (Discurso, Marcha sobre Washington, 28 agosto 1963).

Apenas un año después recibió el Premio Nóbel de la Paz y el 4 de abril de 1968 murió asesinado en Memphis. Luther King hizo vida lo que afirmó en Detroit en el 1963: “Si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir”.

Así pues, el recuerdo de su vida y su mensaje nos recuerda cuánto bien nos hace bien soñar para orientar nuestros pasos hacia el sueño de una vida plena y feliz, aunque hayamos de esforzarnos y hasta sufrir en la lucha por el bien.