Los ritmos de la violencia. A propósito del proyecto Escuelas Protegidas

Hace unos días el Congreso despachó a ley el proyecto de Escuelas Protegidas, que autoriza la revisión de mochilas y bolsos de estudiantes, endurece las sanciones y condiciona el acceso a la gratuidad para quienes cometan delitos en contexto escolar. La iniciativa surge como respuesta a una secuencia de hechos que conmocionó al país tras el asesinato, en marzo, de una inspectora en un colegio de Calama, las amenazas de tiroteo que siguieron, decenas de establecimientos con clases suspendidas y escolares detenidos. El país entero puso su mirada, durante semanas, hacia la escuela. Pero, ¿dónde estaba esa violencia antes de marzo? ¿Qué tipo de violencia estamos viendo cuando hablamos de violencia escolar?

El académico sudafricano Rob Nixon acuñó hace años el concepto de violencia lenta (slow violence) para nombrar aquellas violencias que no tienen forma de acontecimiento, las que ocurren gradualmente, sin autor identificable ni escena particular. La definió como invisible porque permanece “fuera de la vista” (out of sight), pues sus efectos se dispersan en el tiempo. Precisamente por eso, se trata de una violencia “deficiente en espectáculo”, incapaz de competir en una esfera pública organizada en torno a la inmediatez. Lo pensó para los conflictos medioambientales. Pero sirve, creemos, para nuestras escuelas.

Más tarde, investigando comunidades que habitan territorios contaminados por la industria petroquímica, el geógrafo ambiental Thom Davies se planteó una pregunta tan sencilla como profunda: se dice que esta violencia está fuera de la vista, pero “¿fuera de la vista para quién?” (out of sight to whom?). Para quienes la viven a diario, y enferman producto de ella, esta violencia no tiene nada de invisible ni de abstracto. Es un daño real, tangible, que atraviesa el cuerpo. La violencia espectacular y la violencia lenta no son dos formas distintas de violencia, sino dos ritmos de la misma.

Lo que estalló en marzo en las escuelas venía gestándose lentamente desde hace años. El desmantelamiento y la privatización de la educación impulsados en dictadura, con tardíos intentos de corrección, produjeron un sistema escolar atomizado y socialmente segregado. Este proceso histórico se profundizó en cuestiones concretas, tal como el agotamiento físico y emocional de docentes y asistentes de la educación que se intensifica a la par de las lógicas de rendición de cuentas, la precarización de los vínculos entre estudiantes y adultos y la normalización del miedo y la desconfianza, que resuenan hoy en un clima de época en el que la brutalidad y la guerra han vuelto a ser un lenguaje público aceptable.

Nada de esto fue noticia. Es una violencia lenta, atricional, deficiente en espectáculo, pero no invisible. Para profesores, estudiantes y apoderados, ese deterioro nunca estuvo fuera de la vista. Estuvo fuera de la vista de quienes solo miran la escuela cuando irrumpe la espectacularidad. Y muy probablemente ha estado fuera de la vista de quienes buscan en la escuela a los responsables.

Señalar lo anterior no exime de responsabilidad, ni penal ni moral, a quienes agreden. Exige, en cambio, ampliar lo que entendemos por violencia escolar. Por eso, las respuestas securitarias, sin ser necesariamente erradas, resultan incompletas, pues atienden solo a la manifestación más visible del fenómeno. La revisión de mochilas y los detectores metálicos que ya se han instalado responden a la velocidad rápida de la violencia. Son medidas espectaculares para acontecimientos espectaculares. La violencia lenta, sin embargo, continúa sin ser abordada, pues ello requiere otra cosa: fijar la mirada. Construir conocimiento con quienes habitan las escuelas y no solamente sobre ellas. Como ha señalado Vinciane Despret, se trata de aprender a prestar atención a quienes habitan esos mundos antes que hablar únicamente sobre ellos.

En unas semanas más, la escuela saldrá de las portadas. La ley quedará promulgada y la atención pública se desplazará hacia otro lugar. La violencia lenta, que nunca necesitó de nuestra atención para operar, seguirá su curso. La pregunta es si seremos capaces de sostener la mirada sobre la escuela cuando deje de ser noticia.

José Miguel Garay

Doctor en Teoría Crítica y Sociedad Actual. Profesor Asistente, Escuela de Psicología (UST – La Serena). Coi ANID/Fondecyt Regular 1260238.

Borja Castro Serrano

Doctor en Filosofía. Investigador Escuela de Trabajo Social y Sociología y Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (UNAB). IR ANID/Fondecyt Regular 1260238.