Desde Polonia, rodeado de cientos de miles de jóvenes, este fin de semana el Papa ha vuelto a hacer un acto de fe en los jóvenes: en los que estaban allí y en los nuestros. En el Campo de la Misericordia, tan distinto al que los congregó en Copacabana en la última versión de Río, alrededor de dos millones acogieron con expectativa su mensaje y su invitación, el del Evangelio de hoy y de siempre, especialmente lleno de actualidad.

Desde el amor a la verdad, recordó que Cristo es la verdadera plenitud de cada persona y que Él nos invita a seguirle en una vida de santidad. Ante el impactante testimonio de una joven procedente de la devastada Alepo, recordó con fuerza, como hiciera Juan Pablo II en el Parque O’Higgins en el 1987, que la respuesta “no es vencer el odio con más odio”, sino que es “la fraternidad”. Frente al bienestar y comodidad de una “vida sofá” que adormece, recordó que “hemos venido a dejar una huella”, para lo cual invita a jugar el partido como “titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes”, pero siempre desde la verdad, respetando a cada persona con quien se juegue.

Cuádruple invitación esta del amor a la verdad ante a la mentira fácil, a la fraternidad versus el odio, al esfuerzo para llegar a la excelencia y a altas metas, siempre desde el horizonte del valor de la persona. Valor accesible a la razón humana, pero especialmente a la fe sobrenatural al presentar el origen y el fin de cada persona: Dios amor que, a través de la Misericordia manifestada en Su Hijo, nos eleva de nuestras miserias a cumbres que, a la vez que superan todo horizonte humano, nos permiten transformarlo en una sociedad justa, amigable y sana.

Invitación también a la siguiente Jornada Mundial de la Juventud: Panamá, 2019, esta vez en nuestras latitudes.Invitación esta actual y urgente, me parece.