Varios factores parecen estar asociados con un mayor riesgo de hospitalización y mortalidad en pacientes con COVID-19, como la obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular, tabaquismo y enfermedad pulmonar obstructiva crónica.

Un común denominador a dichos trastornos es un estado de inflamación crónica leve, que es resultado de un infiltrado de macrófagos, responsable de la secreción de citokinas pro inflamatorias. En esta línea, los pacientes con obesidad, o alguna enfermedad metabólica que están infectados con el COVID19, tienen un mayor riesgo de complicaciones graves y de falla respiratoria con la necesidad de ventilación mecánica.

Por otra parte, la evidencia científica nos demuestra los positivos efectos del ejercicio físico sobre el sistema inmune y la respuesta antiinflamatoria, sobre todo frente al control de enfermedades como la obesidad, insulinorresistencia y la DM2.

La falta de ejercicio regular produce alteraciones de la regulación del sistema inmune que empeoran la respuesta del cuerpo a la infección por SARSCOV2, como lo señala el Dr. Zbinden en su reciente publicación. En este sentido, el entrenamiento físico puede generar una respuesta antiinflamatoria mediada por la acción muscular (mioquinas).

Dado los posibles efectos del ejercicio moderado en la respuesta inmune y su relación con los estados de enfermedad, el Dr. Zbinden sugiere que el ejercicio previo y una mejor capacidad cardiorrespiratoria son posibles factores inmunoprotectores.

Resulta interesante, entonces, abordar el hecho de la inmunomodulación controlada mediante el ejercicio, teniendo en cuenta que este fenómeno se auto regula durante las semanas de inactividad. Por esto, es imprescindible que las personas sigan siendo activas durante el período de confinamiento. No hay mejor medicina que el deporte para fortalecer el sistema inmune.