En Chile, estamos en un momento histórico, debatiendo sobre el presente y futuro de nuestra educación y surgen conceptos como calidad, equidad, recursos, docentes, aprendizaje, evaluación, medición e inclusión, entre muchos.

Algunos plantean que la educación tiene como gran objetivo la movilidad social a través de la formación de personas que aporten a la sociedad, que sean eficientes y exitosos -desde la perspectiva de los resultados- y que tengan así más oportunidades de inserción social y mejor calidad de vida.

Sin entrar en la discusión sobre si ésta es la perspectiva válida, quiero poner el acento en un elemento no tan destacado en el debate público, pero que -desde mi perspectiva- es uno de los más relevantes: cómo transformamos la educación en un espacio de desarrollo, cognitivo y afectivo, de nuestros niños y jóvenes, buscando su desarrollo integral y aumentando la posibilidad de que existan niños y jóvenes más felices.

El Psicólogo Martín Seligman plantea que “… una felicidad que surge de la identificación y del cultivo de las fortalezas más importantes de la persona y de su uso cotidiano en el trabajo, el amor y el ocio”… (“La Auténtica Felicidad”, 2011). Este autor es uno de los precursores de la Psicología Positiva que ha inspirado diversas iniciativas aplicadas en el contexto educacional. Y es que existen innumerables estudios en el ámbito de la psicología y la educación, pero el paso desde la investigación a la concreción en las salas de clases no ha sido muy fluido. Y en eso, todos tenemos algo de responsabilidad.

Creo indispensable entonces enriquecer el debate, preguntándonos qué sentido queremos dar a la educación en nuestro país… ¿Queremos docentes preocupados sólo de una evaluación?, ¿establecimientos preocupados sólo del prestigio?, ¿alumnos centrados sólo en los resultados académicos?, ¿padres exigiendo sólo buen rendimiento? ¿Qué es lo más importante?

Yo apuesto por la felicidad de nuestros niños y jóvenes. Aprovechemos la coyuntura para colocar la búsqueda de la felicidad como un ingrediente clave para las reformas de la Educación porque estoy seguro que si fortalecemos una educación que genere recursos y potencialidades en los estudiantes en función de su felicidad, tendremos una sociedad que establece relaciones positivas, enriquecedoras y que busquen, en definitiva, el bien común.