La situación generada en el club Universidad de Chile hace unas semanas, en relación con Sebastián Beccacece, es digna de estudio. En un análisis preliminar podrían surgir preguntas tales como: ¿qué falló?, ¿la alta dirección del club?, ¿la administración?, ¿el liderazgo?, ¿la gestión? Sin embargo, las respuestas no serían del todo certeras para describir la causa de la compleja situación. Desde mi perspectiva, no fue problema de la administración, del liderazgo ni de la gestión. Más bien, el origen o la causa del problema está en el propio Becaccece.

Una vez que la alta dirección delibera el cambio, sólo el liderazgo puede hacer que éste sea una realidad asumiendo que la administración hace lo suyo.

Pero, definitivamente, el responsable de implementar ese liderazgo (es decir, imponer el cambio) es el líder, quien para hacerlo adopta un estilo de liderar, por lo general basado en sus experiencias previas, su teoría de acción adoptada y su inteligencia emocional.

En esta situación me detengo en dos de estos factores que, sin duda, delatan la actuación de Beccacece: la teoría de acción adoptada y la inteligencia emocional. La teoría de acción adoptada es el conjunto de creencias, valores, conocimientos y experiencias adquiridas por el directivo en su relación con personas, situaciones y cosas. La teoría de acción está fuertemente arraigada en los individuos. Habitualmente, ésta se transforma en un mecanismo de defensa personal ante las presiones de cambio del entorno. Muchas veces, el líder se niega a aceptar que su teoría pudiera estar equivocada y la defiende, por ejemplo, como ocurre con Beccacece, descalificando a las personas que le contradicen o manteniendo sus decisiones a toda costa.

Por otra parte, la inteligencia emocional de un líder, para ser eficaz (lograr que el cambio ocurra), se manifiesta con la autoconciencia, la autorregulación, las habilidades sociales, la empatía y la motivación. En Beccacece no se puede dudar la existencia de la motivación, aunque el sentido de ésta no es muy claro.

Pero es evidente que carece de habilidades sociales para interactuar con otros, ya que demostró total incapacidad para relacionarse adecuadamente. Además, carece de la autorregulación que le permita controlar sus emociones negativas, no tiene autoconciencia para ver y reconocer sus limitaciones, y por último, lo más grave es su carencia de empatía, lo que impide ponerse en el lugar de otro, generando conflictos disfuncionales escudados en una aparente bipolaridad.

Sin duda, la causa del fracaso está en él mismo y se debe simplemente a una carencia de inteligencia emocional. Ya lo afirmaba el visionario Daniel Goleman en los años noventa: el cociente intelectual y las destrezas técnicas son importantes, pero la inteligencia emocional es la condición sine qua non del líder.