La Universidad Santo Tomás presenta entre sus valores el “amor a la verdad”, que este año posee como personaje sello “El Principito”, que va en busca de la felicidad, a través de diversos planetas y lugares.

Linda historia de la cual podemos extraer diversas enseñanzas, que pudieran parecer ocultas, o difíciles de comprender, entre los cientos de mensajes que por las redes virtuales nos invitan a mirar nuestra realidad como única, a querer proyectar nuestra imagen (siempre exitosa) hacia otros, a considerar que nuestra opinión es la “verdad”, o que lo que nosotros pensamos es lo correcto, bajo toda circunstancia.

Pero el camino de la verdad no está sólo en nosotros, sino en los demás, donde podemos hallar tesoros de amistad, abrirnos a personas con intereses diferentes, apreciar lo único de cada ser que está en nuestro entorno, aprendiendo de otros puntos de vista, sumando a nuestra vida espiritual y personal.

Muchos de nosotros conocemos y evocamos esa famosa frase del libro que señala que “lo esencial es invisible a los ojos”, asintiendo positivamente, sin poder negar la profundidad (y verdad) que esta tiene.

Sin embargo, en el día a día, en la interacción con los demás, nos dejamos llevar por lo evidente y público, por lo que la imagen del otro nos representa en los prejuicios que tenemos, formando una barrera de entrada para conocernos, discriminando, burlándonos, evadiendo, o repitiendo patrones de conducta sociales, masivos y poco empáticos.

Como padres, es nuestro deber promover en nuestros hijos esa búsqueda de la verdad, que es la base del apreciar la dignidad humana, lejos de estereotipos que nos definan, promoviendo la amistad libre, sana e inclusiva, teniendo como eje la dignidad y respeto por el otro.

Y la verdad del otro no es posible apreciarla sin conocerla.

El germen del bullying es la ignorancia del otro, la incapacidad o negativa a conocer al que tengo enfrente, para saber lo que siente, lo que piensa y lo que vive. Más aún cuando ya es sujeto de bullying. Ahí es donde debemos enfocar nuestros esfuerzos como adultos responsables, pero también exigir en los jóvenes.

Fomentar esa conciencia y capacidad de conocernos, tanto en nuestros hijos como en nuestra vida, es una tarea maravillosa a la que todos estamos llamados. No perdamos la oportunidad.