Un huracán es la rotación de un enjambre de tormentas eléctricas, se forma sobre una superficie del océano y tiene una temperatura por sobre los 26.5°C. En su accionar transfiere el calor de la superficie del mar hacia la atmósfera, generado fuertes vientos y precipitaciones.

Tres cualidades pueden vincular la ocurrencia de huracanes de mayor intensidad con el cambio climático antropogénico:

  1. aguas superficiales más cálidas, como ahora en el golfo de México, promueven tormentas más fuertes;
  2. una atmosfera más cálida retiene más vapor y resulta en precipitaciones más intensas (esto explica todas las tormentas tropicales); y
  3. los fuertes vientos alteran el nivel del mar, elevando olas que inundan zonas costeras bajas.

No podemos culpar al cambio climático por toda la destrucción de una temporada de huracanes ni por la ocurrencia de un temporal extremo, pero el paso reciente del huracán Harvey e Irma en EEUU, que juntos podrían sumar pérdidas de USD 290 billones, han ido a dejar esta cuenta (1 punto del PIB) a la puerta del Presidente Trump. Pero, lo anterior es un cuadro triste debido a las pérdidas de vidas e infraestructura.

Así, en EEUU y el Caribe no es momento de hablar de cambio climático, como en Chile que se pone de moda hablar de geología luego de los terremotos. Hoy se deben priorizar las estrategias de adaptación que fortalezcan la resiliencia de las comunidades y ecosistemas impactados, luego algunos podrán hablar y repensar seriamente su arrogancia y negación frente al cambio climático antropogénico.