“Las posibilidades para los jóvenes son pocas y la oferta de trabajo es muy selectiva y precaria. Las jornadas de trabajo son largas y, a menudo, agravadas por largos tiempos de desplazamiento. Esto no ayuda a los miembros de la familia a encontrarse entre ellos y con los hijos, a fin de alimentar cotidianamente sus relaciones”. (Amoris laetitia 44).

Con estas palabras, recoge el Papa Francisco el diagnóstico de los padres sinodales sobre las dificultades laborales hoy más acuciantes para las familias de todo el mundo. Por cierto, siempre surgen con mayor facilidad las quejas que las alabanzas hacia el trabajo.

Ansiamos llegar al fin de semana o a las vacaciones, para dejar de trabajar ¿Es el trabajo solo un mal necesario? ¿La única manera de mejorar nuestra relación con el trabajo es reducir la cantidad de horas laborales y aumentar las semanas de vacaciones?

Con gran agudeza, hace ya treinta años, Juan Pablo II respondía de esta manera durante su visita a nuestro país: “El desafío que plantea hoy el trabajo humano no es sólo su organización externa, para que sea ejercido en condiciones verdaderamente humanas, sino sobre todo su transformación interior, para que sea realizado como una tarea diaria, con plenitud de sentido, esto es, de acuerdo con su significado último dentro del plan divino de salvación del hombre y del universo”. Transformar internamente nuestra actitud hacia el trabajo, a la luz de su significado trascendente, que lo otorgue un sentido pleno, día a día. He ahí el verdadero desafío.

Ya el papa santo había escrito que el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto (…), se mide sobre todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza”. Es decir, todo trabajo, el «más corriente», más monótono e incluso el que más margina, posee la altísima dignidad propia de todo ser humano que lo lleva a cabo. Además, todo trabajo “expresa esta dignidad y la aumenta (…), porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre»”. Y la realización personal lograda por el trabajo puede fundamentar a la vez el bien de cada familia y de toda la sociedad a la que se contribuye. (Laborem exercens 6, 9 y 10).

Para el creyente, la dignidad y el sentido humano del trabajo conllevan una amplitud aun mayor, porque descubre en este “una expresión especial de su semejanza con Dios; y el hombre, de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la creación del mundo”.  Ora et labora, la primacía de la contemplación sobre la acción asegura “la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo (…) sea un colaborar con el Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción”. (Bendicto XVI, Discurso en París, 2008).

Pero, además, la resurrección de Cristo esparce su luz sobre todos nuestros trabajos para hacernos descubrir lo maravilloso de una vida ordinaria, como fue la vida de trabajo de Jesús de Nazaret”. San José obrero jugó un papel crucial en la experiencia humana y trascendente de trabajo vivida por Jesús en Nazaret, que nos da “el ejemplo vivo y el principio de la radical transformación cultural indispensable para resolver los graves problemas que nuestra época debe afrontar” (Juan Pablo II, Talcahuano, 5 de abril de 1987).

* Publicado en “Iglesia en Salida”, n° 9, mayo-junio 2017, pág. 18-19.