En el último tiempo, hemos presenciado una serie de hechos públicos que muestran una falta de respeto por el otro y una intolerancia que llega a límites que nunca imaginamos; como el hecho ocurrido en Las Condes donde una mujer hostigó a trabajadores que recogían la basura, gritándoles que no podían estar ahí, e incluso entorpeciendo sus labores al botar la basura que ellos recogían, obligándolos a hacer todo de nuevo.

¿Se imaginan lo que sintió esa persona que grabó la escena con su celular y luego la subió a redes sociales con ayuda de su hijo? ¿Se imaginan lo que sintió ese niño, viendo cómo trataban a su padre?

Al final se le aplicó una multa a la señora, por ordenanza municipal, pero yo me pregunto: ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Por qué la falta de respeto y trato digno se castiga con dinero? ¿Dónde está la autor-regulación ética, los valores y la centralidad de la persona?

Hoy día, en medio del orgullo y la soberbia, alguien puede pensar que posee una dignidad superior a la que realmente le corresponde, y en consecuencia, esta persona exigirá un trato y un respeto excesivos, pasando a llevar al resto y faltando al respeto a quien le parezca que se lo merece. También puede pasar que las personas no logren tener el respeto que se merecen hacia sí mismos y esto les hará imposible dárselo a los demás.

¿Cómo educamos a los niños y adolescentes para que esto no ocurra? En principio, siendo modelo de respeto en nuestras vidas, porque no podemos pedir lo que a nosotros nos cuesta hacer. También trasmitiendo la importancia de tratar a los demás con respeto, de esta forma el mundo sería un lugar mucho mejor para vivir.

Una simple regla: Tratar a los demás como te gustaría que te trataran.

Eduquemos a las futuras generaciones enseñándoles que nadie está en posesión de la verdad absoluta; que nadie es mejor ni peor que el otro; que nuestras ideas no son mejores ni peores, simplemente son nuestras; que nuestra religión no es mejor ni peor, simplemente es nuestra creencia; que nuestro color no es símbolo de nada importante, sino que es sólo una reacción de la melanina en nuestra piel.

Enseñemos que nuestro género no hace que seamos ciudadanos de primera o de segunda, y sobre todo, enseñemos a respetar a quien piensa diferente. La falta de respeto engendra odio y el odio, violencia; y ya hay bastante de eso en el mundo.