La última vez que tuve la oportunidad de ver y escuchar a Humberto Maturana, el biólogo y premio Nacional de Ciencias (1994), fue ya hace varios años, cuando mi colega y amigo Hugo Toledo lo trajo a La Serena a dar una breve pero importante charla. Ese día Maturana habló acerca del concepto de “Biología Cultural”. Posiblemente debido a la corta duración de la ponencia (y quizás a la evolución del autor) y a pesar de que, evidentemente, todos estábamos conformes y contentos por haber oído el razonamiento del notable biólogo, tras la exposición se escucharon comentarios como “fue muy básico” o “quedé con gusto a poco”.

La verdad, en la ocasión la conversación fue amena y en ella Maturana tocó puntos esenciales del convivir y, por ello, fue una visita suficientemente provechosa. Ahora bien, recuerdo que cuando realicé mi tesis de pre-grado (en la cual trabajé cierto aspecto del desarrollo del lenguaje infantil en base a la Pragmática del Lenguaje y a la Biología del Conocimiento de Maturana y Varela), el lengüajear de Maturana me pareció mucho más complejo, un trabalenguas para un neófito como yo. Al terminar el trabajo eso sí, con mi compañero y amigo Julian Palma, nos sentimos satisfechos al haber logrado entender un planteamiento que (por esos años – 1999 – y mucho antes incluso) se levantaba como una postura fundamental en torno al conocer. Esto lo pude comprobar cuando realicé mi práctica profesional en terapia familiar en torno a un modelo Narrativo – Reflexivo, algo muy post – moderno en psicoterapia por ese entonces. Sucedía que en cada texto que nos tocaba leer, de autores europeos, norteamericanos y sudamericanos, se citaba en una o varias ocasiones a Maturana. Era base de incontables pensamientos psicológicos y lo sigue siendo, en terapia familiar sistémica, en terapia cognitiva, en terapia post-racionalista, en terapia humanista, en fin. Maturana fue una persona simplemente notable, reconocida en gran parte del mundo. En ese sentido, el sólo hecho de haberlo tenido en la ciudad en ese entonces, de haberlo escuchado, fue un privilegio.

Pues bien, ese día yo no quedé con la sensación de que se dijo poco, y es que tal vez, dado que he leído algunas de sus ideas, el lenguaje simple que utilizó comprimido en algo más de una hora me resultó una perfecta y clara conclusión alrededor de lo que en el pasado traté de dilucidar por mis propios medios. En aquellos años leía cosas como: “he propuesto en otros artículos que el lenguaje es un fenómeno biológico, es decir, las operaciones que constituyen aquello que nosotros, seres humanos, vivimos como lenguaje y lengüajear en el proceso de nuestro vivir; ocurre en nuestro dominio relacional, como una forma de vivir en interacciones recurrentes en lo que un observador ve como coordinaciones recursivas consensuales de coordinaciones conductuales consensuales… Como el lengüajear se expande como una forma de vivir juntos en las interacciones recurrentes del vivir juntos como miembros de una comunidad que existe en el lenguaje; el lengüajear sigue las complejidades cambiantes de vivir juntos y se transforma en origen de posteriores complejidades, constituyendo una red de

entrecruzamiento de coordinaciones de coordinaciones consensuales de coordinaciones conductuales consensuales que generan todas las complejidades del vivir en el lenguaje” (Maturana; Biología de la Autoconciencia).

Lógicamente esas ideas, comparadas con las expuestas en la charla, requieren algo más de tiempo para ser comprendidas. Pero al ser comprendidas, lleva a meta – comprender después que todo lo que posteriormente dijo Maturana, gústele a quien le guste, estuvo sustentado en un pensamiento único y personal, científico, complejo y transformador, que le tomó muchos años desarrollar y que más tarde, con todo derecho, simplificó en sus conferencias a palabras de hondo alcance humano, que acentúan la importancia de la convivencia y de cómo esta convivencia centrada en la emoción básica (y superior) del Amor puede llevarnos a Sanar. Somos en el lenguaje, sólo por medio de él podemos connotar y distinguir los objetos de nuestra realidad, sólo a través de él, y de la convivencia por medio de él, llegamos a distinguir las diversas emociones y lo diverso del emocionar humano, y entre estas diversas emociones a aquella que es sencillamente la más importante: el AMOR. Bueno, también habló de la compasión y de la ternura, pero finalmente, y como fue un común denominador en él, enfatizo el concepto del AMOR. Y eso estuvo muy bien.

“El amor, o si no queremos usar una palabra tan fuerte, la aceptación del otro junto a uno en la convivencia, es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, sin aceptación del otro junto a uno no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad” (Maturana y Varela; El Árbol del conocimiento).

Maturana y Varela re – descubrieron al LENGUAJE; crearon el concepto de AUTOPOIESIS; cambiaron la pregunta del SER por la del HACER; perfeccionaron la idea de la RECURSIVIDAD; hablaron de DETERMINISMO ESTRUCTURAL, DE ACOPLAMIENTO ESTRUCTURAL, DE CLAUSURA OPERACIONAL, DE SISTEMAS CERRADOS, DE CORRELACIONES SENSORIO – MOTRICES, DE COORDINACIONES DE ACCIÓN, en fin, hicieron todo aquello y aún más, para que décadas después uno de estos dos genios pudiera reafirmar a partir de su epistemología profunda aquello que siempre estuvo claro: lo que más importa es el AMOR, visto como una emergencia biológica, propia de nuestra especie y de otras especies también, tal vez de todas las especies que son capaces de compadecerse, de apasionarse, de enternecerse, de emocionarse.

“En la historia de la humanidad, y estoy hablando de los últimos 3,5 millones de años, si el amor no hubiese estado presente como el fundamento siempre constante de la coexistencia de las pequeñas comunidades en que vivían nuestros ancestros, no podríamos existir ahora como lo hacemos. No se habría originado el lenguaje y no se habría establecido este como el modo fundamental de convivir de nuestros ancestros… En verdad yo pienso que el 99% – puedo equivocarme, puede que sea el 97% – de los males humanos tienen su origen en la interferencia con la biología del amor”.

Ese día, al inicio de la conferencia, a Humberto Maturana se le comparó con Gregory Bateson, se le calificó de maestro y se le escuchó con atención. Algunos pensaron que fue poco o que fue básico, otros que requerían leer de él algo más, a algunos no les convenció, para otros fue lo máximo. Yo concluí que, como otros maestros de una o miles de disciplinas (incluso de aquellos pocos maestros de la historia que no tenían disciplina sino que nacieron maestros), la deriva de Maturana desembocó, cual río de torrentosas pero amistosas aguas, al mismo caudal del cual nació y adonde llegaron y nacieron los otros grandes maestros: al AMOR.

“Yo creo que Jesús era un gran biólogo. Él hacía referencia a esta armonía fundamental del vivir sin exigencia” (Maturana).