Actualmente, la obesidad es uno de los principales problemas de salud pública, razón por lo que se han destinado gran cantidad de recursos económicos y humanos para combatirla.

Lo anterior, se debe a que es una enfermedad que cada vez surge a más temprana edad, y esto, conlleva a un mayor riesgo de desarrollo de enfermedades crónicas, tales como: la diabetes mellitus, la hipertensión arterial, el desarrollo de alteraciones cardiovasculares en la edad adulta, además de problemas respiratorios. También puede disminuir la autoestima, afectando las relaciones sociales en quienes lo padecen.

Con esta enfermedad en crecimiento, surgen también una serie de dietas cuya base para lograr bajas de peso implica muchas veces la restricción o nulo consumo de alimentos ricos en Hidratos de Carbono (CHO). Si bien esta restricción calórica tiene como consecuencia la pérdida de peso, el problema surge cuando esta limitación es indiscriminada, es decir, que no considera la fuente alimentaria del carbohidrato, ni cantidades mínimas a consumir para mantener un adecuado metabolismo.

Cabe recordar que los CHO se clasifican según las unidades de azúcar que contienen. En la alimentación, encontramos este macronutriente en dos formas: como “simples” y “complejos”; denominación que hace referencia a la estructura molecular del nutriente, por lo tanto, cuando hablamos de un CHO simple, se trata de aquellos alimentos cuya absorción es inmediata (monosacáridos) o bien, que requiere una descomposición mínima para que nuestro organismo aproveche sus beneficios (disacáridos). Entre los CHO simples encontramos: las frutas, los lácteos, la miel y el azúcar de mesa.

Por su parte, cuando hablamos de un CHO complejo, para ser absorbido necesariamente requiere ser descompuesto (polisacáridos); en este último, encontramos alimentos como: el arroz, los fideos, las legumbres secas como los porotos, lentejas y garbanzos, legumbres frescas como el choclo, las arvejas, las habas, entre otros.

Así, la importancia de integrar diariamente alimentos ricos en CHO, radica, entre otras muchas funciones, en que son la principal fuente de obtención de energía para el organismo, permitiéndole ser “ahorradores proteicos”.

Esto último quiere decir que las proteínas que sean ingeridas a través de la alimentación, no sean descompuestas para ser utilizadas como energía, en cambio, cumplan otras importantes funciones, como: formar parte de componentes estructurales (músculos, tendones, piel, órganos, etc.), funcionales (que permitan el crecimiento, desarrollo, mantención y reparación de tejidos corporales) y finalmente funciones metabólicas (como las hormonas, enzimas, anticuerpos, etc.).

Cuando nuestro objetivo es bajar de peso, comenzamos a realizar dietas que muchas veces son restrictivas en CHO, sin embargo, tendemos a hacer una disminución de todos los alimentos que lo contienen y esta práctica, no solo implicará un bajo aporte calórico y de carbohidratos, sino que también estaremos limitando el aporte de diversos micronutrientes, cuyas funciones son esenciales en nuestro organismo.

Sumado a lo anterior, si no consumimos cantidades adecuadas de CHO, no permitiremos que se produzca el efecto “ahorrador de proteínas” que se mencionó anteriormente, por lo tanto, las bajas de peso que se puedan lograr en el proceso, no necesariamente corresponderán a una disminución de grasa subcutánea, también se podría estar perdiendo masa muscular.

La invitación es a comer balanceado, es decir, que la dieta a seguir incluya todos los grupos alimentarios: cereales, frutas, verduras, lácteos, carnes, legumbres y semillas; y éstos sean consumidos en porciones adecuadas para la edad y actividad física que se realice, ya que todo exceso en la ingesta alimentaria se traduce en un aumento calórico.

Todo aumento calórico, si se encuentra por sobre los requerimientos nutricionales, es transformado en grasa, sin importar si el exceso proviene de alimentos saludables o no. Por lo tanto, en cuanto a las restricciones en CHO que se quiera realizar, la principal recomendación es eliminar el azúcar de mesa y todas aquellas preparaciones y productos manufacturados que lo contengan.

Así también mantener un consumo diario de frutas, de dos porciones al día o más, según indicación profesional. Es importante que sean variadas y de diferentes colores, ya que así aseguramos el aporte de diferentes micronutrientes en la dieta.

Con respecto a los lácteos, priorizar que sean bajos en grasa o descremados, ya que, a menor cantidad de grasa, menor será el aporte calórico. Finalmente, cuidar las porciones de cereales a consumir y preferirlos integrales, de esta forma contribuimos a una mayor saciedad, lo que nos permite llegar a la próxima comida con una menor sensación de hambre. Además es importante favorecer siempre una dieta basada en materias primas, ya que muchos productos manufacturados y denominados como “light” o “zero”, según la evidencia, también tendrían su contribución al desarrollo de la malnutrición por exceso.