El sentido común recomienda vivir día a día los acontecimientos, especialmente en momentos de cambios, para así dar respuestas atingentes a las contingencias que suceden. Con cuánta verdad podemos aplicarlo a lo que estamos viviendo en Chile estos días. Esa capacidad de responder día a día no impide, más bien requiere de un horizonte o marco de fondo que enmarquen las decisiones y permite hilvanar el hilo que da continuidad a la vida. En efecto, nuestra vida y elecciones no son momentos aislados entre sí, sino que forman parte de un continuo que une cuanto vivimos. Cada vida, cada historia o cada sociedad no se crean o reinventan desde cero, sino que proceden de una historia y se proyectan hacia un futuro. Por eso sentimos inseguridad cuando cae algo de ese horizonte o marco englobador.

Sin lugar a dudas, hay un marco común para todos: el de un proyecto de vida orientado a la felicidad y la plenitud -personal y social-, al bien personal y común, al servicio del cual nos servimos de diversos medios. Sin embargo, no cualquiera es adecuado, pues a veces creemos que sirve cualquier cosa para conseguir lo que pretendemos, pero no debiera ser así, pues, por muy bueno que sea un fin, no justifica usar medios malos (como la violencia, la mentira, el robo, atentar contra la vida y la dignidad de otras personas). Qué duda cabe que nuestros trabajos y estudios son algunos de los medios adecuados, que además de ayudarnos, nos permiten además dignificarnos y perfeccionarnos como personas. Pero el trabajo y el sueldo no agotan ese marco.

Por eso, llegados a este punto quiero incorporar algo clave a ese horizonte de la vida, que es el que nos recuerda la fiesta del próximo 1 de noviembre de Todos los Santos y, la que le sigue, nuestros fieles difuntos. Precisamente nos recuerda, en primer lugar, que la vida es finita, pues dura un tiempo limitado hasta su término, en el que se abre otra perspectiva que amplía el horizonte de una manera muy especial: la de la eternidad, una vida que sigue fuera del tiempo. Esto, que en teoría sabemos, se nos suele olvidar, pero nos lo recuerdan las muertes cercanas en circunstancias inesperados o trágicas. Así es, esta vida es un camino o una especie de peregrinación hacia la eternidad, pero no por eso hay que descuidar el embellecerla y hacerla lo más agradable y buena posible. Los talentos que tenemos debemos usarlos para crecer y hacer el bien, y cada uno tiene distintos talentos, que, si se complementan, pueden y deben contribuir a crear una convivencia mejor.

Otra cosa que nos recuerdan estas fiestas es que los santos ya han llegado a la felicidad plena del cielo, y descansan y gozan de Dios, lo más hermoso que existe, y en Él, de todo lo bello y amable, “lo que ni ojo vio ni oído oyó”, como apunta San Pablo. De ellos dice Santo Tomás, “que todo santo que goza de la bienaventuranza está colocado a la derecha de Dios” (Suma Teológica, IIIa, 58, a. 4, ad 2). Ellos han pasado su vida haciendo el bien y buscándolo para los demás, a pesar de sus debilidades y caídas. Por eso entre los santos destacan héroes de la caridad y la justicia, entregados a los necesitados de todo tipo, amadores de Dios y la verdad y fieles comunicadores suyos. Su vida nos recuerda, así, que es posible hacer el bien, resistiendo al señuelo de lo fácil, lo inmediato o seguir la masa. Pues, aunque el bien es hermoso, no siempre es fácil de conseguir. Su recuerdo trae otro beneficio: además de ser ejemplo en nuestra peregrinación, “como los santos del cielo son lo más cercano a Dios […] los elegimos como intercesores nuestros ante Dios y como mediadores” (Ibid, suplemento, q. 72, a. 2, in c).

Qué oportuna esta celebración del 1 de noviembre con su mensaje. El horizonte de la trascendencia que se abre a la vida eterna ofrece un sentido especial al caminar diario, incluso en medio de crisis y dificultades, de desencantos y alegrías. No caminamos solos y cada momento tiene trascendencia de eternidad.