El mundo actual, complejo y sometido a un cambio acelerado, requiere de profesionales integrales, los cuales no solo deben ser capaces de contribuir con su especialización al desarrollo de un sector productivo, sino que además tienen que aportar activamente como ciudadanos a la construcción de una sociedad más equitativa, solidaria, inclusiva y libre.

Ya en la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior de la UNESCO, realizada en París en 1998 y que se ratificó en la Conferencia de 2009, se manifestó la necesidad  de “constituir un espacio abierto para la formación superior que propicie entre otras cosas, la formación de ciudadanos que participen activamente en la sociedad y estén abiertos al mundo, el fortalecimiento de capacidades endógenas y la consolidación en un marco de justicia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la democracia y la paz”.

Desde dicha perspectiva debemos en primer lugar entender que la educación superior tiene una función directamente asociada a la ética, y que no podemos formar de manera  integral a un estudiante, si no incorporamos de forma sistemática situaciones vinculadas con el aprendizaje de la ética y la ciudadanía.

Lo señalado anteriormente es solo el punto inicial, ya que existen otros ámbitos que se deben incorporar y que hacen referencia a la relación entre estudiante y profesor; los contenidos curriculares; la organización social de la labor de aprendizaje; la vinculación con el medio; y la promoción de la cultura participativa de tipo institucional.

Así,  en la actualidad se percibe un enfoque orientado con los  propósitos que requiere la educación en la actualidad, por cuanto se reconoce su orientación hacia la construcción de la persona, en relación con quienes comparte en el mundo social.

Lo manifestado se orienta hacía una concepción más integral, más relacionada con el  mundo moderno, dado que las nuevas habilidades, competencias y necesidades de desarrollo del individuo, apuntan más a la autonomía, creatividad, capacidad de indagación y de pensar, rescatando la humanidad del sujeto más allá de su utilidad y buen desempeño en el mundo productivo, considerando aquí valores intangibles que contiene todo proceso educativo.

Frente a esto, cobra especial importancia que las instituciones de educación superior estrechen la relación entre el aprendizaje y la formación en las dimensiones tanto éticas, morales, y ciudadanas de los estudiantes, ya que están directamente relacionadas con la construcción de una ciudadanía activa que contribuya al mejoramiento de nuestra sociedad.