Todo amor es de por sí hermoso y promete felicidad. Es algo bueno por la plenitud de bondades que agrega a la vida del hombre. Desentrañar que puede tener de malo o equivocado es una tarea que en principio desazona, puesto que parece absurda; no obstante, iremos viendo como el amor puede herir y perder su sentido bueno, para convertirse en algo nefasto y hasta cruel.

Hemos dejado claro que el yo autodivinizado, es un mal radical en la existencia humana. Cuando ello ocurre, el  amor es atrapado en las fauces de un endiosamiento, que lo desliga de todo lo que no sea él. Este yo  pretende tener características divinas, por esto, aspira a ser absoluto y sin referencia. En este sentido, des – precia, dado que valora con formas sobrenaturales  aquellos objetos de su amor, que sólo son parte de la naturaleza.  Les otorga un precio que no corresponde, puesto que su valor es inferior.  Indudablemente, esto es causado por la autoglorificación del yo.

El Amor es  peso que arrastra y que vamos en cierto sentido glorificando. El  hombre puede sublimarlo y adorarlo. Por ahí asoma uno de los grandes peligros, puesto que dar solemnidad a aquello que debe ser sencillamente práctico o humano, tergiversa el sentido del amor. Lewis lo expresa así:

“Podemos entregar a nuestros amores humanos la lealtad incondicional que le debemos solo a Dios. Entonces se convierten en Dioses: entonces se convierten en demonios. Entonces nos destruirán y también se destruirán a sí mismos, pues los amores naturales a los que se consienten que se transformen en Dioses no siguen siendo amores. Se los sigue llamando así, pero de hecho pueden llegar a ser intrincadas formas de odio”. (1)

De ahí la importancia de saber bien cómo realizan su impronta en el ser humano. Veremos cómo esta gloria sólo es tal si se supedita a la gloria divina.  Su error consistiría en deificar – o darle esa categoría- a elementos que son meramente terrenales. Es lo que intentaremos dilucidar.

Si la gravedad es un peso material y la glorificación es algo que debemos a Dios, ambas deben ser dirigidas correctamente a sus objetos; sin embargo, con frecuencia los amores naturales adquieren una idolatría que parece una reverencia  religiosa. Su entrega a ella es total y absoluta, como si se tratara de la donación de mi alma a Dios. La ligazón al objeto de nuestro amor, debe ser conforme a la naturaleza del mismo, que siempre será inferior a lo que debemos conceder a Dios.

Existe una insuficiencia, una carencia en los amores humanos. Afirmar esto “no es menoscabar los amores naturales, sino indicar donde reside su verdadera gloria. (2) El cultivo de estos amores debe saber situarse para lograr ser gozoso y fructífero.

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(1) LEWIS, C.S. Los cuatro amores. Andrés Bello, Santiago de Chile, 2001. p. 15

(2) LEWIS, C.S. Los cuatro amores. Andrés Bello, Santiago de Chile, 2001. p. 141