En vez del gozo y satisfacción de la creación poética como algo otro, lo sienten como una proyección de su propio yo. Confunden un don otorgado, con una autocreación  propia. Beethoven, al quedar sordo, quizás tuvo la gran oportunidad de reconocer que su genio le venía no de su ser, sino de quién lo había creado. La lección de humanidad que da la contradicción del sufrimiento es  – en su manifestación más cruel –  una lección que ayuda a comprender, precisamente, el verdadero carácter del artista: su naturaleza  humana y su condición de criatura, hecha por  Dios.

En forma más elemental, también se descubren nuestros amores en cuanto a su insuficiencia, al ser considerados simplemente como ellos mismos. En efecto:

“No se necesita ir tan lejos para refutar la presunción de divinidad en que tan fácilmente caen nuestros amores: el hecho de que, sin la ayuda de Dios, ni siquiera pueden permanecer siendo lo que son y cumplir lo que prometen demuestra que no son merecedores de tomar su lugar.”(1)

Refutar intelectualmente puede no ser tan complejo, dado que se toma distancia, pero cuando se vive el amor, cuesta más dar luces; por la misma ceguera que su experiencia provoca. La usurpación que hace un amor de la primacía divina es por lo mismo difícil de desenmascarar. El amor niega al Amor y no cede su lugar a aquél que le corresponde la dimensión absoluta. El amor inferior subsume toda la realidad del amor, porque la felicidad lograda le parece total y suficiente. Por esto creemos que el rol del sufrimiento tiene que insertarse necesariamente. En el amor natural hay cierta impotencia  para darse cuenta de la situación errónea. No va a saber  que su  permanencia no es segura sin Dios, porque ya lo ha desplazado.  Se dificulta la ayuda, porque no se vislumbra ningún peligro y  ésta no está de   modo alguno considerada por la misma autosuficiencia que se ha otorgado. Solo si el amor de alguna manera zozobra, levantará la mirada que atisbe la plenitud verdadera que creía poseer. La tenacidad de los amores naturales divinizados es tal, que, si alguna característica divina tiene, es ese férreo convencimiento de que ya  alcanzaron su verdadero significado y felicidad. Se sienten ya instalados en la eternidad.

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(1) LEWIS, C.S. Los cuatro amores. Andrés Bello, Santiago de Chile. 2001. p. 144