Pues bien, ¿Cómo situar nuestros amores? Podemos  dirigir una orquesta donde los tonos van variando, según la composición de la música. En un momento solemne, en otro momento ligera. Saber dónde poner el énfasis, es parte del conocimiento de las partituras. Con sabiduría llegamos a la composición verdadera. Ésta tiene muchos aspectos que se conjugan en sí mismos y que se relacionan. El hombre no debe hacer su propia música, sin reconocer la melodía que se está emitiendo. Todos los matices no entran en una sola consideración. No es o ligera o grave. Los sonidos aislados  no son la música. La música nace de  la interpretación que mi alma hace de ellos. En el amor también podemos quedarnos con sus sentires, o elevarnos a planos reverénciales. La situación debe ser comprendida en todos sus bemoles para que no sea desvirtuada.

Debemos aplicar los acordes e instrumentos cuando deben aplicarse, y enmarcados dentro de lo que señala la melodía que se interpreta. Esta es la condición para encaminarse por el verdadero sentido divino. Es  un proceso de selección y discernimiento para adecuar el amor a la realidad que le es afín. Esto ocurre, según Lewis, por lo siguiente:

“…el punto de si estamos amando “más” a Dios o al ser amado terrenal no es, en lo que toca a nuestro deber cristiano, algo que tenga que ver con la intensidad comparada de los dos sentimientos. El verdadero punto es a cuál (cuando se presenta la alternativa) se sirve, se escoge o se pone en primer lugar. Cuál reclamo acata, en último término, nuestra voluntad.” (1)

Parece, según Lewis, una problemática de jerarquización; sin embargo, es más complicado, dado que no existe un parámetro fijo al cual se pueda  recurrir. No existe  una medida. Muchas veces se puede ignorar su necesidad y ser totalmente inconscientes de que hemos puesto en “primer lugar” algo que no corresponde. Las luces al respecto no podrían venir del mismo amor que genera en forma concomitante el desvío.  Así, como la divinización del yo obnubila el nacimiento del mismo amor, el amor mismo, en su fuerza ,se dirige con una intensidad desbocada hacia su objeto.

Para ambas realidades es el sufrimiento posible de provocarse el que logrará encauzar bien la voluntad. Esta consecuencia, es la base de las meditaciones principales que pretendemos ir demostrando. A través de un  ejemplo práctico, Lewis, matiza estas ideas.

“Todo poeta y músico y artista, a menos que actúe la gracia, se aparta del amor de la cosa de que habla y se aproxima al amor del hablar mismo, hasta que, en lo profundo del infierno, ya no puede interesarse en Dios, sino en lo que dice sobre Él, porque, como usted sabe, no se detienen en el interés en la pintura. Caen más bajo, se interesan en la propia personalidad y después en nada más que en su propia fama” (2)

En este texto va exponiendo Lewis una especie de declinación del amor, y como éste se degrada hasta que un proceso creativo queda convertido en mera fama. Se llegó a la divinización del yo. Debió conservarse el amor a lo que se hacía y no autoglorificarse. Son muchos los grandes artistas que podríamos incluir como ejemplos. Ni siquiera los terribles momentos de impotencia creativa los hacen dudar. Se recrean en un narcisismo autorreferente, creyéndose autores en forma total de la obra realizada, como si la  materia que la constituye también hubiese brotado de sus manos. No puede existir el David de Miguel Ángel sin el mármol del Otro creador.

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[1] LEWIS, C.S. Los cuatro amores. Andrés Bello, Santiago de Chile. 2001. p. 148

[1] LEWIS, C.S. El gran divorcio. Andrés Bello, Santiago de Chile. 1994. p. 77