El tiempo pasa volando y ya estamos prácticamente a fin de año, con lo que eso implica. Y de nuevo volvemos a poner el pesebre en casa y nos deseamos Feliz Navidad. Pero, ¿es en realidad lo mismo?

A medida que corría el calendario de Adviento, me he planteado a menudo esta pregunta y siempre he respondido que realmente sí sucede algo nuevo. No sólo por los cambios sufridos durante el año pasado –en nosotros y en quienes nos rodean, o en los acontecimientos y vivencias de la humanidad que marcan su historia, con una pandemia que se viene arrastrando- sino porque de verdad estamos ante un acontecimiento que puede cambiar mi vida, y la de cada uno: la llegada de Alguien, no sólo en el recuerdo, sino de manera real, capaz de transformar el mundo. No es un Alguien cualquiera y eso hace la diferencia. Es, ni más ni menos, que Dios en la carne de un Niño. Un Niño que hace más de dos mil años nace pobre e indefenso en un remoto y desconocido lugar del mundo: Belén de Judá, la ciudad de David. Si este acontecimiento cambió el curso de la historia, ¿por qué no la mía?, ¿o acaso era un niño cualquiera?

De hecho, la importancia de esta venida marca definitivamente la historia entre un antes y un después. Durante siglos, anunciada por los profetas, se esperó la llegada del Mesías –que significa “el ungido” por Dios con una misión especial. Y, cosa extraña, cuando llegó “en la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4), muy pocos reconocieron que en él se cumplían tales promesas. Apenas un grupo de humildes pastores avisados por un coro de ángeles, unos sabios llegados de Oriente siguiendo la pista de una estrella especial, y un par de judíos que en el templo de Jerusalén lo esperaban con ardor –Simeón y Ana. Extraña combinación de ocultamiento, pobreza y sencillez, unidas a señales extraordinarias en los cielos y a profecías remotas. Junto a los humildes pastores, se arrodillaban sabios poderosos de los pueblos gentiles. Suceso realmente extraño, pero a la vez lleno de significado, pues este Niño no venía sólo para el pueblo judío, sino también para los gentiles, entre los que nos contamos también nosotros.

Contrastes inmensos también en los regalos que recibió este Niño. Algunos, los de los pastores, eran muy pobres y sencillos, destinados a la subsistencia de sus padres: como leche, queso o pan. ¿Su sentido?: Este que viene es Alguien que se nos presenta pobre y por eso espera algo de nosotros, eso poco que podemos, ¡¡¡aunque sea poco!!! Y lo más grande que le podemos dar es nuestro corazón, nuestro amor, nuestra libertad. Es un Niño tan frágil e indefenso, que, en vez de suscitar temor, como los antiguos dioses, suscita ternura y nos pide sin palabras que le regalemos lo poco que podamos.

Pero también están los regalos de los sabios de Oriente: oro, incienso y mirra. El oro era digno de los reyes, porque este Niño es un Rey, el Rey de reyes, Creador de todo. El incienso, que aún hoy se quema ante la divinidad como ofrenda en su presencia, significaba la naturaleza divina de este Niño. Por eso, “al verlo, lo adoraron” (Mt 2, 11) como a Dios. ¡¡¡Maravilla de un Dios en la carne de un Niño!!! Un Dios que comparte nuestra carne y camina con nosotros, para abrirnos las puertas del cielo. Y, sin embargo, también en él reconocen que es verdadero hombre, pues la mirra que le regalan, usada para embalsamar cadáveres, alude a su condición de hombre mortal que algún día morirá. Es, por tanto, un hombre Dios destinado a reinar, aunque sólo lleve una corona al final de su vida, al pender de la cruz.

Todo esto es algo tan extraordinario, que sólo quedan dos opciones: o asombrarse o negarlo. Asombrarse hasta dar su vida por Él o negarlo incluso hasta matarlo. ¿Quién se hubiera inventado algo así? Precisamente porque no es invento humano, fueron tan pocos los que lo aceptaron. Sólo un Dios lleno de amor y de misericordia por sus criaturas podía inventarse la Navidad, la Encarnación. Con su debilidad y fragilidad nos enseña que la verdadera grandeza está en servir, sencillamente. Frente a los poderosos de entonces y de ahora, las lecciones de este Niño y de sus regalos, nos cambian los esquemas.

También Santo Tomás de Aquino recuerda que en Navidad “se acrecienta la caridad. En efecto, ninguna prueba hay tan patente de la caridad divina como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre […] Consiguientemente, ante la consideración de esto ha de acrecentarse e inflamarse nuestro amor a Dios” (Exposición del Credo, artículo 3).

Por eso esta Navidad 2021 no puede ser igual a las anteriores, aunque lo parezca. Ni deberíamos olvidarnos de su verdadero protagonista. Ese Niño que viene para mí, llama a mi puerta y me pide una respuesta: Lo que sucedió hace más de dos mil años, vuelve a repetirse hoy.

Que los regalos, reuniones familiares, prisas y carreras, aunque sea para celebrarlo a él, no nos hagan olvidar quién es el verdadero protagonista.

 

Esther Gómez

Directora Nacional de Formación e Identidad