Abordaje psicoterapéutico del suicidio: Algunos apuntes para terapeutas noveles
«Llevo encima las heridas de todas
las batallas que he evitado»
(Fernando Pessoa).
El abordaje del suicidio es, sin lugar a dudas, una de las áreas que genera mayor preocupación e incertidumbre en terapeutas noveles. Sin embargo, es un problema que ineludiblemente les tocará afrontar desde un inicio de su desarrollo profesional. Ante eso, es necesario e importante recordar algunos apuntes elementales que puedan orientar las acciones de los y las colegas en formación, así como de quienes están comenzando a desplegarse profesionalmente en el ámbito clínico.
En primer lugar, es fundamental recordar que cuando no se cuenta con formación especializada y/o suficiente experiencia, lo más recomendable es llevar a cabo una oportuna derivación de aquellos casos que presentan una complejidad superior a las herramientas técnicas con las que se cuenta, tal acción será siempre la más ética y responsable. Luego, para los y las psicólogas que tienen mayor bagaje práctico y estudios de postítulo que les habiliten para tratar temas complejos, se hace igualmente necesaria la interacción con otros profesionales. En ese sentido, en el campo de la suicidalidad, y sobre todo ante un riesgo suicida inminente, la contención de urgencia, la interconsulta psiquiátrica y un paulatino trabajo interdisciplinario serán primordiales, es decir, no se debe pensar que, dado que se tienen suficientes conocimientos y experiencia, no es tan pertinente recibir otras opiniones y colaboraciones. En síntesis, el trabajo interdisciplinar será necesario incluso para terapeutas que tengan muchos años de experiencia y cuenten con altos niveles de especialización, puesto que, entre otras cosas, en este tipo de casos muchas veces esos modelos de especialidad y su accionar específico tienden a pausarse hasta que el consultante y su familia se estabilizan y la crisis decrece.
En esa línea entonces, el riesgo suicida agudo es una situación de emergencia que podría llegar a exceder los encuadres de diversas modalidades de psicoterapia de vanguardia, sobre todo de los modelos de terapia breve focalizada, puesto que la situación requerirá primero salvaguardar la vida de la persona con medidas inmediatas e instrumentales de contención, así como con psico-educación y re-encuadres de pautas de interacción familiar. De ese modo, en esa fase inicial del problema podría ser un error, por ejemplo, aplicar estrategias o técnicas de intervención que se dirijan a resolver el problema o bien aplicar protocolos destinados a tratar la psicopatología de base que eventualmente pudiera observarse. También podría ser un error abrir debates racionales socráticos o indagar causas remotas en el pasado psíquico del consultante. En siguientes fases del tratamiento se darán por supuesto las condiciones para aplicar lo que cada modelo terapéutico proponga para modificar las psico-trampas del pensamiento rígido del paciente y poder así cambiar la percepción que tiene de su propio sufrimiento.
Otro aspecto fundamental es la relación terapéutica, que en estas situaciones límite exigirá de él o la psicóloga capacidades de interacción que, nuevamente y por lo común, derivarán de una preparación especializada que le mostrará a él o la profesional cómo poder sostener el vínculo a pesar de lo dramático o doloroso que pueda ser el contexto de interacción dentro y fuera de la consulta. Será una postura terapéutica que le permitirá empatizar y sintonizar permanentemente con las experiencias, exigencias, emociones, cogniciones, potencialidades y disfuncionalidades del paciente y su sistema familiar. Sólo un vínculo fuerte y sano entre la persona consultante, la familia y su terapeuta podrán derivar en un cambio en el punto de vista respecto de la vida y su sentido, un cambio que anule las resistencias y tácticas de la persona que sufre para que, progresivamente y con el correr de las sesiones, puedan ir apareciendo las maniobras terapéuticas que abrirán nuevos caminos o mostrarán novedosas soluciones para esos problemas que, hasta ese instante, parecían absorberlo todo. En definitiva, cuando las aguas ya estén tranquilas podrán emerger las técnicas de comunicación avanzada destinadas a desactivar el impulso autodestructivo.
En esa línea, ya iniciado el proceso terapéutico podría ser recomendable para los y las profesionales internalizar que los pensamientos irracionales, las narraciones invalidantes, los autoengaños e ideaciones suicidas no son sino expresiones de una historia de dudas, de sufrimientos, desesperanza o rechazo que necesita ser contada a un interlocutor válido. Independiente de la teoría psicológica de base o del modelo clínico específico, convendrá hacer a un lado cualquier lógica de control del problema, para así tratarlo como parte de la historia de vida de la persona, la cual se desarrolla en un marco social e histórico que, en alguna medida y en algún momento, ha representado circunstancias que han hecho que el suicidio se presente como una posible salida. Se entenderá así, y como decía el gran Michael White, que la persona no es el problema, que el problema es el problema, una situación compleja situada en contextos relacionales que no puede reducirse a una simple etiqueta diagnóstica.
Pues bien, muchas de las vivencias de nuestros consultantes nos acercarán indefectiblemente a una temática que, en ocasiones, podría ser temida por los y las terapeutas noveles: la muerte, y en este caso, la muerte auto-infligida, una situación límite que exigirá de él o la profesional sus mejores conocimientos, herramientas, destrezas y valores. Lo recomendable es especializarse y ganar experiencia, y luego desplegarse con confianza en cada situación, para transmitir esa certidumbre a las personas que a nosotros acuden, porque como decía Paul Watzlawick, el prominente psicoterapeuta de Palo Alto, creador de la Teoría de la Comunicación Humana: “el sabio vive en el continuo descubrimiento del momento presente”.