Si hasta hace poco la parasitología en medios marinos mostraban básicamente al parásito beneficiándose a costa de su hospedador, hoy podemos ver que la diversidad ambiental y el cambio climático generan infinita cantidad de consecuencias más allá de la muerte del segundo. De hecho, incluso pueden verse ambos favorecidos por la relación.

El cambio climático está afectando a todo el medioambiente en el mundo. Y una incidencia de la cual probablemente muy pocos han escuchado es en el campo de las interacciones biológicas parasitarias en los mares. Por ello, la Facultad de Ciencias de la UST organizó la charla “Efectos de la variabilidad ambiental sobre la relación hospedador-parásito: ¿Qué hemos aprendido desde el laboratorio natural chileno?”, dictada por el biólogo marino y doctor en medicina de la conservación UNAB, Roberto García-Huidobro.

Entre las interacciones biológicas más estudiadas en ecología, destacan la depredación y competencia, pero no tanto así el parasitismo, que se ha convertido en el área de especialización del actual investigador del Centro de Investigación e Innovación para el Cambio Climático (CiiCC), justamente debido a la prácticamente inexistente información al respecto. El parasitismo se define como una interacción biológica entre dos especies: el parásito, que generalmente es de menor tamaño, y que se ve beneficiado producto del uso metabólico por parte de su hospedador, el cual se ve perjudicado.

Pero las variaciones ambientales entre los distintos lugares -y también la incidencia del cambio climático- repercuten de diferente manera en estas interacciones. “Producto de las altas temperaturas que se pronostican en los diferentes escenarios mundiales, el parasitismo va a incrementar su magnitud, su prevalencia y el número de parásitos que se van a liberar al medio” con cada parasitación de algún individuo, adelantó García-Huidobro.

Hasta el último tiempo se conocía principalmente el efecto más visible del parasitismo, que es la muerte del individuo afectado, pero “recientemente se han visto otros tipos de efectos, que son alteraciones sobre el fenotipo y cambios en la conducta, sus tamaños corporales, o la interrupción de la reproducción del hospedador”, alertó el investigador. Y aquí la variabilidad ambiental también juega su rol, más aún en un país como Chile, donde los organismos están sometidos a condiciones completamente distintas en la zona norte, respecto de las de la zona central o la austral: la temperatura, salinidad, pH y alcalinidad, van disminuyendo de norte a sur, según mostró el propio biólogo marino en resultados de sus estudios.

Investigación en las costas y mares de Chile

El género proctoeces es el parásito más estudiado en Chile (en cuanto a lo que le ocurre a él y a sus hospedadores). En su ciclo de vida, utiliza como primer hospedador intermediario al chorito (Perumytilus purpuratus), mediante unos sacos llenos de miles de larvas. Al salir de este molusco, utiliza como segundo hospedador intermediario a lapas del género fisurella instalándose en sus gónadas. Las lapas infectadas son consumidas por pejesapos (Sicyases sanguineous), y en sus intestinos el parásito se reproduce sexualmente y los huevos son liberados por las heces del animal, completando así su ciclo de vida.

Muchos estudios de investigación se han enfocado en la etapa de lo que ocurre con las lapas y los parásitos, para indagar -por ejemplo- cuál es el efecto del parásito sobre la concha o las diferencias en distintas áreas de Chile. En un estudio realizado con 4.500 choritos, García-Huidobro encontró que éste hospeda al menos cinco tipos diferentes de parásitos, de los cuales tres tipos lo ocupan como primer hospedador intermediario y las otras dos, como segundo. Una de las cosas interesantes de los tremátodos digeneos y los cambios sutiles en el fenotipo que causan estas larvas en esta etapa, es la castración. Producto de esto, la energía en el molusco que estaba destinada a generar gónada, es redestinada al crecimiento, evidenciando gigantismo en cada ejemplar parasitado.

Pero el mayor hallazgo radica en que la variabilidad ambiental hace que el parasitismo afecte de maneras totalmente diferentes a los hospedadores. Por ejemplo, en Antofagasta, a mayor carga parasitaria, más disminuye el tamaño del chorito y de su concha y menor es la resistencia de esta, etc. Mientras que en Valparaíso, a mayor carga del mismo parásito, más aumenta el tamaño del molusco y el grosor y la resistencia de su concha, respecto de ejemplares no parasitados. Es decir, “es como si le hiciera mejor” al hospedador.

En definitiva, “está el parasitismo -ya conocido- con efecto positivo para el parásito y negativo para el hospedador, pero también hay asociaciones simbióticas: el mutualismo, donde tanto el parásito como el hospedador, se ven beneficiados. Son dos caras de una misma moneda. Puede pasarse de parasitismo a mutualismo por factores ambientales”, entre otros, desglosó el investigador.

“Esta evidencia es potencialmente útil dentro del contexto del cambio climático. Aquellas regiones donde las interacciones hospedador-parásito han evolucionado bajo un escenario ambiental, podrían no ser las mismas frente a nuevos panoramas climáticos”, advirtió el biólogo marino al final de su exposición.