La violencia y la grieta de la Universitas

Vivimos tiempos complejos, donde la repetición constante de un hecho nos engaña, haciéndonos creer que su frecuencia le otorga legitimidad. Es un error categorial profundo de nuestra época: ¡“la habitualidad no es normalidad”!. Que la violencia se haya convertido en la respuesta de cada día no la hace ética ni aceptable; simplemente la hace frecuente. Cuando asumimos que «porque pasa siempre, es normal», claudicamos y renunciamos a nuestra capacidad de asombro y de indignación moral.

Esta grave confusión entre lo frecuente y lo normativo ha encontrado un triste escenario en la Universidad Austral, tras el reciente ataque a la Ministra de Ciencias. Para comprender lo que esto significa, debemos volver al origen de la institución: “la Universitas”. Históricamente, la Universitas magistrorum et scholarium, no era solo un recinto de aulas, sino una comunidad universal de maestros y estudiantes unidos por la búsqueda de la verdad a través del diálogo, la razón y el método. Era, y debe ser, el santuario donde el argumento vence a la fuerza. Cuando la violencia interrumpe este espacio, no solo se ataca a una persona, sino que se profana el corazón mismo de la academia: la idea de que podemos resolver nuestras diferencias sin destruir al otro.

Este quiebre de la Universitas y del espacio público no nace en el vacío; es el síntoma final de una enfermedad más profunda llamada impunidad. Cuando una sociedad observa de forma sistemática que las transgresiones no tienen consecuencias, el tejido social se desintegra. Esta impunidad opera como un hilo invisible que conecta desde las más altas esferas del poder —donde las faltas de probidad de algunos a menudo se diluyen en el olvido— hasta el joven que, ciego por una rabia, termina incendiando su propio colegio. Si los que debieran garantizar el orden ético no responden por sus actos, ¿qué contención le queda a la ciudadanía y que ve en la violencia su único lenguaje válido?

Es en esta cadena de impunidades y de violencia normalizada donde debemos analizar el uso del agua como arma de cancelación. Es ineludible trazar la línea histórica entre aquel hito de 2008, donde la estudiante arrojó agua desde un jarro a la entonces Ministra de Educación, y la reciente agresión sufrida por la actual Ministra de Ciencias en Valdivia.

A simple vista, y amparados en la engañosa habitualidad, aquí no hay excusa. Sin embargo, filosóficamente hablando, el agua lanzada o la violencia en un contexto de protesta busca humillar, silenciar e invalidar. Es un acto de desprecio absoluto.

No entenderlo como una falta gravísima es un claro síntoma de encontramos frente a una sociedad que se afrenta en dos aspectos. Primero, se atenta contra la dignidad humana de la persona que ocupa el cargo. Segundo, se atenta contra las instituciones democráticas que ella representa. En ese instante, el agresor le está diciendo a la autoridad: tu investidura no vale nada, tus ideas no merecen ser escuchadas, y tú no existes para mí como un igual.

Recuperar la normalidad, la verdadera normalidad, aquella cimentada en el respeto mutuo y la convivencia no es fácil exige desterrar la idea de que la agresión es una forma lícita de expresión política. Debemos defender la Universitas como el último refugio del pensamiento crítico y comprender, de una vez por todas, que tolerar la impunidad terminará por ahogarnos a todos.