Creer lo que veo, escucho y leo: un desafío para las personas mayores
El panorama digital ha cambiado drásticamente en los últimos años y, con ello, también han evolucionado los riesgos que enfrentan las personas mayores.
Lo que antes era una brecha centrada principalmente en la conectividad y el acceso a dispositivos tecnológicos, hoy se ha transformado en un escenario mucho más complejo, marcado, entre otros factores, por la desinformación generada mediante inteligencia artificial (IA). Ya no se trata solo de aprender a utilizar un teléfono o una tablet, sino de aprender a desenvolverse en un entorno donde diferenciar entre realidad y ficción, verdad y mentira, o entre aquello que creemos y aquello que realmente es, se ha vuelto cada vez más difícil.
Es un error común pensar que la vulnerabilidad de las personas mayores frente a las fake news (noticias falsas que se difunden bajo la apariencia de información real), se debe exclusivamente a una falta de alfabetización digital. Si bien el aprendizaje y la adaptación a las nuevas tecnologías pueden presentar dificultades, diversos estudios en los ámbitos de la psicología cognitiva y social sugieren que se trata de un fenómeno mucho más complejo. La desinformación, en muchos casos, es consumida y compartida porque confirma ideologías, opiniones o creencias previamente adquiridas.
En este contexto, la inteligencia artificial agrega una nueva dimensión al problema. Su capacidad para generar textos, imágenes, audios y videos cada vez más persuasivos y creíbles puede contribuir a reforzar aquello que una persona ya cree, dificultando el ejercicio de una mirada crítica frente a la información que recibe.
El peligro es innegable. Herramientas como los chatbots de IA (programas informáticos diseñados para simular una conversación con una persona), pueden asumir una apariencia de autoridad y entregar respuestas incorrectas, pero convincentes. Un usuario mayor que busca resolver una duda, informarse o simplemente conversar puede aceptar estas respuestas sin cuestionarlas, aumentando el riesgo de cometer errores, ser víctima de estafas financieras o tomar decisiones equivocadas relacionadas con su bienestar, su salud e incluso sus actividades cotidianas y de entretenimiento.
Por esto, debemos preguntarnos: ¿cómo podemos apoyar a las personas mayores en este proceso?
La solución no está en la exclusión ni en el aislamiento tecnológico. Por el contrario, debemos promover una inclusión digital que contemple la seguridad, el acompañamiento y, sobre todo, la paciencia.
Para lograr esto, la responsabilidad no puede recaer únicamente en las instituciones formales o en las empresas tecnológicas. Este compromiso también debe estar presente, de manera fundamental, en las familias, cuidadores y personas cercanas. El acompañamiento humano constituye un apoyo esencial frente a tecnologías que avanzan rápidamente y que, en determinadas circunstancias, pueden entregar información sin el contexto, criterio o capacidad de verificación que una persona necesita para tomar buenas decisiones.
Es muy importante que dejemos de considerar a las personas mayores únicamente como consumidores pasivos de tecnología. Debemos fomentar en ellas un pensamiento crítico activo y entregarles herramientas concretas para evaluar la información que reciben. Entre ellas, se encuentra el uso de búsquedas inversas de imágenes (herramientas que permiten subir una imagen o utilizar un enlace para conocer su procedencia y encontrar otras publicaciones relacionadas), así como la comparación de fuentes y la verificación de la información antes de compartirla.
La alfabetización digital, por tanto, no debe limitarse a enseñar cómo utilizar una aplicación o un dispositivo. También debe enseñar a preguntar, contrastar, verificar y dudar cuando sea necesario. En un entorno digital donde la información falsa puede adquirir una apariencia cada vez más convincente, estas habilidades resultan fundamentales.
En conclusión, la incorporación de la inteligencia artificial en la vida cotidiana plantea desafíos relevantes para las personas mayores, particularmente en materia de alfabetización digital, autonomía y seguridad.
Frente a este escenario, resulta fundamental promover estrategias de inclusión y formación que les permitan interactuar con estas tecnologías de manera crítica, segura y autónoma.
Más que fomentar su exclusión del entorno digital, el desafío social consiste en generar las condiciones necesarias para una participación informada y protegida. Esto implica acompañar, educar y entregar herramientas que permitan a las personas mayores desenvolverse con confianza en el nuevo ecosistema digital, resguardando así su dignidad, autonomía y calidad de vida en un contexto de permanente transformación tecnológica.