Educar sin estereotipos: una deuda con la niñez
Cada año en agosto se celebra el Día de la Niñez. Se organizan actividades, se hacen regalos y se repite en diversos espacios que los niños y las niñas son «el futuro». Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué mensajes reciben cotidianamente nuestros niños y niñas sobre quiénes son, qué pueden llegar a ser y cuál es el lugar que ocupan en la sociedad. Es una dimensión menos visible que otras, pero también forma parte de las deudas que aún tenemos con la niñez ya que la igualdad también se aprende desde los primeros años de vida.
Un reciente informe de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres, Textos escolares en Chile: reflexiones críticas para una educación no sexista, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que creíamos estar dejando atrás: los textos escolares siguen transmitiendo estereotipos de género que limitan las posibilidades de desarrollo de niñas y niños. El estudio revisó los libros de Lenguaje, Historia, Geografía, Ciencias sociales y Educación ciudadana y Ciencias Naturales y Ciencias de la Ciudadanía distribuidos por el Ministerio de Educación para todos los establecimientos con financiamiento público y los comparó con el análisis realizado en 2011.
La buena noticia es que existen avances. Hoy aparecen más mujeres que hace quince años, existe un lenguaje menos abiertamente sexista y algunas disciplinas han incorporado en sus textos figuras de mujeres que antes estaban completamente ausentes ya sea como autoras, como referentes o incluso en el desarrollo de los contenidos curriculares. Estos cambios muestran que las transformaciones culturales y las demandas del movimiento feminista han permeado, al menos parcialmente, el currículum escolar.
Pero el informe también demuestra que esos avances son insuficientes. Las mujeres continúan estando subrepresentadas en la mayoría de las asignaturas y los referentes históricos, científicos, filosóficos y culturales siguen siendo, en su gran mayoría, hombres. A ello se suma otro rasgo menos advertido: esos referentes corresponden, predominantemente, a hombres europeos y norteamericanos, reproduciendo una visión del conocimiento donde también quedan relegadas otras experiencias, territorios y culturas. La investigación muestra, además, que persiste una distribución estereotipada de los roles. Los hombres aparecen asociados al liderazgo, la producción de conocimiento, la toma de decisiones y el espacio público; las mujeres, en cambio, mantienen una presencia más limitada y frecuentemente vinculada al cuidado, la vida familiar o las relaciones personales. En otras palabras, los avances no han logrado transformar de manera estructural el relato que la escuela transmite sobre quiénes construyen la historia, producen conocimiento o transforman el mundo.
El problema, entonces, no es solo quiénes están ausentes, sino también cómo son representados quienes ocupan la mayor parte de las páginas. Los textos escolares continúan ofreciendo un modelo estrecho de masculinidad, donde el hombre aparece como líder, inventor, científico, gobernante o héroe, mientras otras formas de ser hombre -vinculadas al cuidado, la cooperación, la expresión de las emociones o la corresponsabilidad- permanecen prácticamente invisibles. Del mismo modo, la incorporación de más mujeres no ha ido acompañada de una mirada interseccional que permita reconocer la diversidad de experiencias femeninas. Las mujeres indígenas, afrodescendientes, rurales, con discapacidad o pertenecientes a otros grupos históricamente excluidos siguen teniendo una presencia marginal o inexistente. Así, los textos no solo restringen las posibilidades de identificación de las niñas, sino que también transmiten a los niños un ideal hegemónico de masculinidad y una visión homogénea de quiénes son dignos de reconocimiento y protagonismo.
Esto importa mucho más de lo que parece. Los textos escolares no son simples herramientas pedagógicas. Constituyen uno de los primeros relatos con los que niñas y niños construyen su comprensión de la sociedad. Aquello que aparece en sus páginas comunica qué vidas son visibles, qué trayectorias son valoradas y qué expectativas son legítimas para unos y otras. La violencia contra la niñez no comienza únicamente con el maltrato físico o psicológico. También se expresa cuando el Estado, a través de sus materiales educativos, reproduce desigualdades que restringen los horizontes de desarrollo de quienes aprenden. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho de niños y niñas a una educación que promueva el pleno desarrollo de su personalidad y el respeto por la igualdad. Ese objetivo difícilmente puede alcanzarse si los propios materiales educativos siguen representando una sociedad donde las oportunidades aparecen distribuidas de manera desigual.
En este Día de la Niñez, quizás la pregunta no sea solamente cómo celebramos a nuestros niños y niñas, sino qué país les estamos enseñando a imaginar. Porque la deuda con la niñez no consiste únicamente en garantizar acceso a la educación, sino también en asegurar que esa educación les permita verse representados, desarrollar sus talentos sin estereotipos y crecer convencidos de que todas las personas tienen el mismo derecho a construir la historia.