TUBERCULOSIS: UN DESAFÍO VIGENTE
El Día Mundial de la Tuberculosis se conmemora cada 24 de marzo. Esta fecha busca visibilizar una realidad que muchas veces puede pasar desapercibida: la tuberculosis no es una enfermedad del pasado, sino un problema actual de salud pública que sigue presente en el mundo y en nuestro país.
La tuberculosis es prevenible y tratable; sin embargo, continúa afectando de manera desproporcionada a las poblaciones más vulnerables, evidenciando que su persistencia no depende solo de factores biológicos, sino también de condiciones sociales, económicas y de acceso a la salud. En Chile, el 78,3% de los casos de TBC presenta al menos un factor de riesgo, como situación de calle, consumo de alcohol o drogas, entre otros.
La Organización Panamericana de la Salud enfatiza que el avance hacia su eliminación depende de fortalecer la atención primaria de salud, impulsar la innovación y, sobre todo, involucrar activamente a las comunidades. En este contexto, el llamado internacional es claro: sí, es posible poner fin a la tuberculosis, pero esto requiere mucho más que tratamiento médico.
Un diagnóstico oportuno, el uso de nuevas tecnologías y la detección precoz pueden cambiar el curso de la enfermedad. Sin embargo, estas medidas solo tendrán un impacto real cuando logren llegar efectivamente a la población más vulnerable. Hablar de tuberculosis es también hablar de inequidad. Factores como el hacinamiento, la pobreza, la migración o el acceso limitado a los servicios de salud siguen siendo determinantes clave en su transmisión. Por ello, abordar esta enfermedad implica avanzar hacia sistemas de salud más accesibles, integrados y centrados en las personas.
En este escenario, la atención primaria adquiere un rol fundamental, ya que es el primer contacto con el sistema de salud, es el espacio donde se detectan los casos, se inicia el tratamiento y se acompaña a las personas en su proceso. Pero también es el lugar donde se construye confianza, se educa y se fortalece el vínculo entre salud y comunidad.
El mensaje de este año no es solo técnico, sino profundamente social, poner fin a la tuberculosis es posible si existe un compromiso colectivo. No depende únicamente de los equipos de salud, sino también de políticas públicas, inversión sostenida y de una sociedad que reconozca que la salud es un derecho y una responsabilidad compartida.
Eliminar la tuberculosis no es solo un objetivo sanitario; es también un indicador de desarrollo, equidad y justicia social.