En este Día Mundial del Libro, que tan buenos recuerdos personales me trae, me parece urgente poner sobre la mesa la necesidad de generar hábitos de lectura reflexiva en toda la sociedad, especialmente entre los más jóvenes.

¿De dónde viene la urgencia? Porque la absoluta inmersión en el mundo del ciberespacio a que nos ha obligado la pandemia, acentúa más aún la sensación de inmediatez y de búsqueda de logros instantáneos. Y esto, a su vez, tiende a generar como efecto una mayor dificultad de darse tiempo personal para pensar en primera persona lo que se escucha y se lee, lo cual dificulta tener una personalidad madura. Reflexionar es flexionar sobre uno mismo y sobre la vida interior, y eso nos permite ahondar, profundizar e ir más alá de la superficie de lo que vemos o escuchamos. De ahí que el hábito del pensamiento crítico, que se basa en la actitud reflexiva que nos permite confrontar eso que recibimos para averiguar su verdad o falsedad, sea también urgente de promover.

Por eso, junto a la lectura que hoy se promueve, sugiero nos regalemos también el tiempo y, por qué no, el silencio, necesario para la reflexión sobre lo que leemos, pues solo un acto reiterado bueno nos abre la puerta al hábito perfectivo, a la virtud. Y la lectura bien valorada y practicada tiene muchas.