La ola de incendios que ha asolado Chile este verano nos ha hecho más sensibles al cuidado de la naturaleza, no sólo de los bosques, sino también de la fauna que vive en ellos. El último episodio de las personas multadas y expulsadas de las Torres del Paine por utilizar una cocinilla en un lugar protegido, con riesgo de incendio, es otra gota más del vaso. Es terrible, no sólo el hecho mismo sino, más aún, las consecuencias que deja.

Las voces que se han levantado se han unido en un sentir común: un llamado a crear conciencia de responsabilidad hacia la naturaleza, nuestra casa común. Responsabilidad para tratar de regenerar lo perdido, en la medida de lo posible, pero sobre todo para prevenir y cuidar. Importante pues implica una mirada al futuro, a las próximas generaciones; implica conciencia de una fraternidad universal, entre las personas y también con la naturaleza.

En efecto, si se piensa un poco se descubre un origen y naturaleza en común con todas las personas, que nos hacen compartir una fraternidad universal, aún más profunda y estrecha si la fe descubre en el otro la imagen y semejanza de Dios. ¡Tremendo origen! Y si se sigue pensando, se puede extraer una sencilla pero radical conclusión: que somos responsables de lo que entreguemos a las próximas generaciones con las que también compartimos nuestro ser de personas. La casa común podemos y debemos usarla, pero no como arbitrarios poseedores, sino como sus administradores responsables.

Con el resto de las criaturas existe una fraternidad de otro orden, en tanto que miembros de la creación, y criaturas de Dios. De nuevo hay un origen compartido, más amplio, aunque no por eso deja de ser exigente. Es verdad que ni plantas ni animales poseen la alta dignidad de las personas, pero merecen un trato respetuoso y adecuado a lo que son.

En este punto no está de más traer a colación la figura del santo de Asís, San Francisco. Él aprendió a mirar cada criatura que le rodeaba con ojos enamorados porque le movía a amar más a su Creador. Lo descubría en los pajarillos, en el hermano lobo, pero también en los hermanos de comunidad, en los que le tomaban por loco y hasta en los leprosos. A él le pasó que de tanto mirar a Dios, su origen, aprendió a descubrir su huella allí donde posaba su mirada. No tenía que esforzarse en comportarse con responsabilidad, sino que le brotaba solo.

Francisco aprendió a cuidar de sí mismo cuando se supo amado por Dios y llamado a un alto destino. Él sí aprendió y vivió cuidando la casa común: a sí mismo y a todos sus hermanos.