El tiempo pasa muy rápido, a veces literalmente volando, y ya estamos prácticamente a fin de año, con todo lo que eso implica. Parece que fue ayer cuando poníamos el pesebre en casa y deseábamos una Feliz Navidad a nuestros conocidos. Y de nuevo estamos en la misma, y nos sorprende. Sin embargo, aunque nos lo parece, ¿es de verdad lo mismo?

A medida que se acercaban los días que nos separan de la Navidad y corría el calendario de Adviento, me he planteado esta pregunta muchas veces. Y siempre me he dado la misma respuesta: realmente sucede algo nuevo. Eso no sólo por los cambios sufridos durante el año pasado –en nosotros y en quienes nos rodean, o en los acontecimientos y vivencias de la humanidad que marcan su historia- sino porque de verdad estamos ante un acontecimiento que puede cambiar mi vida, y la de cada uno: la llegada de Alguien, no sólo en el recuerdo, sino de manera real, capaz de transformar el mundo. No es un Alguien cualquiera y eso hace la diferencia. Es, ni más ni menos, que Dios en la carne de un Niño. Un Niño que nace pobre e indefenso en un remoto y desconocido lugar del mundo: Belén de Judá, la ciudad de David. Si este acontecimiento cambió el curso de la historia, ¿por qué no va a cambiar la mía?, ¿o acaso era un niño cualquiera?

En efecto, la importancia de esta venida se traduce de una manera muy especial en la historia, que se divide en el tiempo anterior y en el posterior a su venida, reconociendo que es un hito que la ha marcado de manera definitiva. Durante siglos se esperó su llegada que fue anunciada por los profetas –principalmente en la cultura y religión judía, pero también en otras religiones se esperaba una figura como el Mesías –que significa “el ungido” por Dios con una misión especial. Y, cosa extraña, cuando llegó “en la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4), muy pocos reconocieron el cumplimiento de tales promesas en él. Fueron apenas un grupo de humildes pastores avisados por un coro de ángeles, unos sabios llegados de Oriente siguiendo la pista de una estrella especial que les llevó a este Niño, y un par de judíos que en el templo de Jerusalén lo esperaban con mucho ardor –Simeón y Ana. Extraña combinación de ocultamiento, pobreza y sencillez, y a la vez, señales extraordinarias en los cielos que remitían a profecías remotas y a su cumplimiento. Junto a los humildes pastores, se arrodillaban sabios poderosos de los pueblos gentiles, es decir, no pertenecientes al pueblo elegido de los judíos. Suceso realmente extraño, pero a la vez lleno de significado. Así es, este Niño no venía sólo para el pueblo judío, sino también para los gentiles, entre los que estamos nosotros, por ejemplo.

Contrastes inmensos también en los regalos que recibió este Niño. Algunos de estos regalos eran muy pobres y sencillos, destinados a la subsistencia de sus padres: como leche, queso o pan. Estos fueron los entregados en el caso de los pastores. Y de nuevo esto tiene significado, ayer como hoy: Este que viene es Alguien que se nos presenta pobre y por eso espera algo de nosotros, eso poco que podemos, ¡¡¡aunque sea poco!!! Y lo más grande que le podemos dar es nuestro corazón, nuestro amor, nuestra libertad. Es un Niño tan frágil e indefenso, que en vez de suscitar temor, como los antiguos dioses, suscita ternura y nos pide sin palabras que le regalemos lo poco que podamos.

Y junto a esos regalos, están los de los sabios de Oriente: oro, incienso y mirra. El oro era digno de los reyes, porque este Niño es un Rey, el Rey de reyes, Creador de todo. El incienso, que aún hoy se quema ante la divinidad como ofrenda agradable en su presencia, significaba la naturaleza divina de este Niño. Por eso, “al verlo, lo adoraron” (Mt 2, 11) como a Dios. ¡¡¡Maravilla de un Dios en la carne de un Niño!!! Un Dios que comparte nuestra carne y camina con nosotros, para que así, desde lo que somos, abrirnos las puertas del cielo. Y, sin embargo, también en él reconocen que es verdadero hombre, pues la mirra que le regalan, usada para embalsamar cadáveres, alude a su condición de hombre mortal que va a morir algún día. Es, por tanto, un hombre Dios destinado a reinar, aunque sólo lleve una corona al final de su vida, al pender de la cruz.

Todo esto es algo tan extraordinario, que sólo hay dos opciones: o asombrarse o negarlo. Asombrarse hasta dar su vida por Él o negarlo incluso hasta matarlo. ¿Quién se hubiera inventado algo así? Precisamente porque no es invento humano, fueron tan pocos los que lo aceptaron. Sólo un Dios lleno de amor y de misericordia por sus criaturas podía inventarse la Navidad, la Encarnación. Su debilidad y fragilidad sin su manera de enseñarnos que la verdadera grandeza está en servir, en la sencillez para la entrega.

Frente a los poderosos de entonces y de ahora, las lecciones de este Niño, y de los regalos que recibió, nos cambian los esquemas.

También nuestro patrón, Santo Tomás de Aquino, recuerda que en Navidad “se acrecienta la caridad. En efecto, ninguna prueba hay tan patente de la caridad divina como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre. “De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16). Consiguientemente, ante la consideración de esto ha de acrecentarse e inflamarse nuestro amor a Dios” (Exposición del Credo, artículo 3).

No, esta Navidad no puede ser igual a las anteriores. Ni deberíamos olvidarnos de su verdadero protagonista. Ese Niño que viene para mí, llama a mi puerta y me pide una respuesta. Lo que sucedió hace más de dos mil años, vuelve a repetirse hoy.

Que los regalos, reuniones familiares, prisas, carreras… que todo eso, aunque sea para celebrarlo a Él, no nos hagan olvidar Quién es que el verdadero protagonista.