Estamos en la recta final del Adviento, que lleva a la Navidad. Apenas quedan unos días para estos días que esperamos con tanta ansia.

Durante cuatro semanas, hemos encendido las velas de la corona de Adviento que simboliza que se acerca la luz. Cuatro semanas, cada una con un recorrido personal desde el Antiguo Testamento, de la mano de los profetas que hablaron del Mesías Salvador que llegaría, de Juan el Bautista que preparó al venida de Cristo de manera inmediata, y de la Virgen María, la figura luminosa y a la vez humilde de Adviento, pues da carne y acoge en su seno purísimo al Hijo de Dios, al Enmanuel esperado por todos los pueblos. Con ellos hemos caminado durante estas semanas y hemos procurado trabajar interiormente las actitudes necesarias para reconocer y acoger al Salvador. Pues la fe nos dice que también ahora viene a nuestras vidas, que es mucho más que un recuerdo de algo que sucedió hace veinte siglos.

Pero también hemos preparado o estamos preparando el árbol de Navidad, símbolo de la vida, porque nunca pierde el color verde de sus hojas. Y junto a esto, además, el pesebre. A pesar de la sencillez, es algo que nos ayuda a contemplar con los ojos el misterio de Dios hecho hombre por nosotros. Dios se hace nuestro hermano para caminar juntos, mostrarnos el camino y abrirnos la puerta del cielo, que estaba cerrada por el pecado. Y las figuritas, sean de greda, de plástico, de papel, o de lo que sea, nos permiten dar un salto de fe porque hacen recordar lo que celebramos.

La cuenta atrás en el tiempo nos acerca cada vez más ante lo que celebramos en Navidad. Y creo que todos estamos invitados a acoger el Regalo que nos trae, igual que María y José y los sencillos pastores. Nuestro corazón puede ser un nuevo portal de Belén que se deje tocar y sanar por el Dios Niño, que “tanto amó al mundo” que, siendo eterno, quiso nacer en el tiempo (Cfr. Santo Tomás de Aquino).

¡Feliz Adviento de preparación a la Navidad!