Cada 20 de noviembre, la UNICEF celebra el “El Día del niño”. Día en que la Asamblea General de las Naciones UNIDAS (ONU) aprobó la “Declaración de los Derechos del niño” en 1959. Posteriormente, se unió la conmemoración de los Derechos del niño en 1989 y Chile ratificó en 1990.

Este día tiene razones para conmemorarla, porque es un día para reflexionar sobre lo que hemos hecho bien, pero también para detenernos en todo lo que nos falta, como sociedad, hacer por la infancia.

Cierto es que deberíamos tener a la infancia presente los 365 días del año, pero la fecha nos lleva a recordar sus derechos y hacer que algunos tomen conciencia de la transcendencia y la importancia que tiene trabajar por el desarrollo y bienestar de nuestros niños y niñas.

No negamos que en la actualidad hay avances, mayor preocupación y sensibilidad por ellos, pero hay vacíos que, frente al siglo XXI, no es posible que sus derechos no siempre sean respetados.

En Chile, declaramos que los niños y niñas tienen derecho a la identidad y la familia, a expresare libremente y acceso a la información, a la protección contra el abuso y la discriminación, educación, a una vida sana y segura, recibir atención especial, ser sujeto de derechos, (autonomía progresiva, escucharlo y tomar en cuenta su opinión), a la diversidad cultural. En síntesis, derecho a la vida, a la supervivencia y al desarrollo.

Sin embargo, los adultos no siempre revelamos en nuestras actuaciones frente a ellos el respeto por sus derechos. Tenemos que dejar detrás el niño y niña “espejo” pasivo de medidas de protección. Ellos son sujetos íntegros, activos, constructores en desarrollo.

Como se sabe, la familia es la responsable fundamental de la formación del niño y niña, pero algunas necesitan de la colaboración del entorno. El Estado, el Gobierno, en cualquier parte del mundo, está obligado a reconocer los Derechos Humanos de nuestros niños y niñas y a tenerlos en cuenta en las decisiones legislativas y en las políticas.

Los estudios sobre niños y niñas desde las distintas disciplinas concluyen que la etapa clave en la formación de un ser humano pleno, es la etapa de 0-6 años, es el cimiento en el que se sustenta la continuidad de un desarrollo dinámico, de crecimiento y cambio que implica no sólo un proceso neurobiológico, sino un proceso construcción subjetiva que se lleva a cabo a través de la interacción social de calidad. Sin duda, la pandemia ha contribuido a potenciar la comunicación, el diálogo con nuestros hijos y nietos.

Si bien resulta acertado afirmar que tenemos avances, como “Chile Crece Contigo”, que acompaña, protege y apoya integralmente a niños y niñas y sus familias; Ley de Inclusión, decreto Supremo 170/2009, Decreto 83, por nombrar algunos, pero tenemos puntos débiles entre ellos: todavía no es potente la articulación entre los organismos afines para el trabajo con la infancia, lo que hace perder potenciales y recursos. Carecemos de una articulación (salud y educación) en el seguimiento de los niños y niñas y familias más vulnerables, ausente un sistema de información único donde elimine que la familia, al llegar a un servicio, tenga que contar varias veces lo mismo. Nosotros los especialistas, no logramos aún insertarnos en la cultura interdisciplinaria y transdisciplinaria. Los recursos para la infancia dependen de los presupuestos de cada municipio.

En la “curva del olvido”, lo que más se recuerda, generalmente, es lo primero y lo último; Chile no cuenta con Centros de Atención Temprana, instituciones que en Estados Unidos y Europa existen y donde sus especialistas trabajan con los niños de 0-6 años (con alteraciones en su desarrollo o que están riesgo), con la familia y el entorno desde un paradigma diferente. La evaluación e intervención se basa en una visión integral, holística y global, interdisciplinaria y transdisciplinaria. Asumen, además, la prevención primaria, secundaria y terciaria. Obvio que se requiere formación especializada, en la actualidad existe y tenemos los especialistas. Aquí, aprovecharíamos las bondades de la Neuroplasticidad y nuestros niños y niñas se incorporarían a la escuela inclusiva en otras condiciones, como lo hemos vivenciado en otras latitudes. Estamos al debe con los niños y niñas que mucho necesitan de toda la sociedad. Ellos también son sujetos de derechos.

Una infancia sana en el sentido amplio de la palabra garantiza un adulto integro. El cuidado debe orientarse a aspectos fundamentales de la salud, bienestar y educación valórica, y, además, a la enseñanza comportamental. Así, le ganamos a la inequidad y a la discriminación.

Siempre recuerdo lo que un hombre americano y universal dijo: “Los niños son la esperanza del mundo”. José Martí.