Hace ya treinta años el Papa Juan Pablo II visitó nuestro país. Fue una semana en la cual todos de una u otra forma estuvimos atentos a lo que hacía. Gracias a la radio y televisión nos informábamos de cada movimiento que realizaba dentro de esta larga y angosta faja de tierra. La emoción de la gente era muy grande porque tener al vicario de Cristo era casi como estar con el mismo Cristo y tener una foto, un souvenir, o solo verlo pasar rápido o a lo lejos en alguna celebración los que pudimos participar era una gran bendición.

Pero ¿qué significó esa visita para nuestro país? Al parecer, desde su preparación fue un motivo de inmensa actividad para el gobierno de turno y para la Iglesia porque cada uno entiende esta venida desde su perspectiva: para el gobierno es la visita de un jefe de estado y por lo tanto significa un inmenso protocolo con participación de las autoridades nacionales y con las consabidas entregas de presentes, seguramente existe una conversación en privado con el presidente del país visitado para exponer algunas preocupaciones y celebrar algún convenio de colaboración, formalidad, pura formalidad. Lo digo sin conocer mucho, pero es lo que a la distancia se ve. Porque en la política interna de un país no puede intervenir otro jefe de estado, a pesar que esta visita no es como la de cualquier país.

Para la Comunidad de la Iglesia es una Visita Pastoral. Esto significa que el Pastor de la iglesia Universal viene a animar con la caridad de un Padre a sus hijos. A conocer cuáles son sus angustias y penas, sus alegrías y esperanzas; por lo tanto es un momento de abrir el corazón para mostrar lo bueno y lo malo. No es fiscalización para ver si se han hecho las cosas o no, es ante todo ayudar a mirar el paso de Dios en esa historia y luego proponer caminos de crecimiento para mejorar. Por lo tanto no es un repaso a lo puro bueno y bonito de la tarea eclesial, o política; es una mirada que permite descubrir que no estamos solos en el mundo.

La visita del Papa es para confirmar las búsquedas de ser una Iglesia Misionera, que sale al encuentro de los demás antes que quedarse estática esperando que vengan los necesitados. Es una visita que nos impulsará a un nuevo ardor en la tarea misionera y en renovar los métodos.

La visita del Papa Francisco nos permitirá seguramente valorar y comprometernos con grandes conflictos que nos han surgido, para muchos como un problema y para otros como una oportunidad: la migración. Conflicto porque muchos se quejan que han llegado a quitarnos los puestos de trabajo, son analfabetos, son delincuentes, etc., situaciones que en la práctica nos hemos dado cuenta que no le quitan trabajo a nadie sino que hacen lo que los chilenos hoy no hacen; la mayoría de los migrantes son profesionales y dominan más de un idioma; y los grandes delitos los cometen los chilenos; es oportunidad porque nos abre a conocer culturas nuevas, que al arraigarse nos puede hacer estar más en contacto con el mundo, nos ayuda a vivir la tolerancia y a mejorar el cuidado de la casa común.

Y seguramente el Papa Francisco nos invitará a valorar el sentido de la familia y el cuidado de la vida. Porque sabemos que son situaciones que están débiles y que necesitan trabajo comprometido de todos. Olvidarnos de estas realidades nos puede hacer caer en una situación de muerte espiritual porque creer que el mundo debe ser habitado por puras personas sanitas, sin defecto ni discapacidad seguramente nos hará perder sentido de solidaridad y de abnegación, de unidad familiar para cuidar a un hijo o hija, a un adulto mayor enfermo o a cualquier persona que requiere atención.

Creo que el Papa nos enseñará que somos una comunidad de personas diferentes formada por etnias que merecen respeto no solo en lo formal sino que en la práctica. Que podamos comprender cada una de ellas para que se desarrollen de manera armónica. Los mapuches nunca han sido agricultores, fueron nómades, recorrían territorio buscando su alimento al ritmo de la naturaleza y los colonizadores los llaman flojos porque no siembran ni guardan; esa comprensión no nos hará reconciliarnos ni integrarnos, sino que debemos, animados por la palabra sabia del pastor, buscar caminos de solución para superar la violencia que vemos en el sur y en diferentes situaciones de nuestros pueblos originarios.

La visita del Papa Francisco será un momento de diálogo y de orientación que nos permitirá crecer como Iglesia, superar los conflictos que nos han traído dolor como los abusos sexuales, de poder, y nos dará luces para mirarnos con verdad y asumir que la historia de nuestro país es un asunto de todos, en una comunidad donde hay diversidad de carismas y ministerios.