El desempeño docente dentro de las aulas de los diferentes escenarios educativos, hoy más que nunca, exige una mirada interdisciplinaria. Tal como diría Jhon Dewey, la experiencia educativa en la sala de clases, no es una preparación para la vida futura si no que ya es en sí misma un ejercicio real de lo que ocurre en nuestra sociedad. Bajo esa mirada es que el trabajo colaborativo efectivo cobra importancia y urgencia.

Desde hace algunos años, tenemos claridad de la diversidad de estudiantes que comparten dentro de cada sala de clases, por lo mismo es que el rol del profesional de la educación diferencial ha ido ganando terreno y es ahí donde se releva el concepto de codocencia como una forma sistematizada de trabajo colaborativo. Entendiendo esto entonces, es que cada profesor está llamado a trabajar intencionadamente con los distintos profesionales que están al servicio del proceso de enseñanza – aprendizaje; entre ellos encontramos a psicólogos, orientadores, psicopedagogos y desde luego educadores diferenciales.

Además de lo anterior, se hace casi un deber moral y ético destacar las acciones de colegas que aportan a generar estos espacios de aprendizaje. La codocencia bien entendida siempre será un aporte para todos quienes componen la comunidad educativa. Es evidente que surgirán las voces que nos dirán que es trabajo extra, pero la experiencia indica que el cambio inicial es la parte más compleja, para luego dar paso a mecanismos que tributan a que las clases sean más efectivas y significativas.

El Ministerio de Educación nos entrega los lineamientos que se deben considerar para el correcto funcionamiento de este trabajo colaborativo, indicando que “los procesos de planificación, evaluación y seguimiento del trabajo colaborativo, realizadas en el marco de un PIE, deberán estar debidamente incorporados al “Informe Técnico de Evaluación Anual”, de acuerdo al artículo 92 del DS N° 170”.

Agrega que para esta tarea se deben considerar, al menos, tres horas cronológicas semanales y con el propósito de favorecer el trabajo colaborativo, manifiesta la obligación de constituir en cada colegio el “Equipos de Aula” por cada curso que cuente con estudiantes integrados, definiendo a este equipo “a un grupo de profesionales conformado por el o los profesores de aula respectivo; vale decir, el profesor especialista, profesor especializado o psicopedagoga, y otros profesionales asistentes de la educación, asistentes de aula, intérpretes de lengua de señas chilena, etc.”

Como se puede apreciar, nuestra normativa establece parámetros claros e ideales y desde luego el esfuerzo está en nosotros, como docentes y directivos, en hacer de ese tiempo un espacio de crecimiento bidireccional en beneficio de cada alumno.

La evidencia de experiencias (centenares en Chile) muestran los innumerables beneficios de este sistema de trabajo, donde el Educador o Educadora Diferencial no es un ente de visita en el aula común, sino que es un Profesor a la par del Profesor de asignatura, donde comparten el rol del facilitador para todos los estudiantes.

De acuerdo con diversos autores, como Huertas y Rodríguez, por ejemplo, para el logro de un trabajo colaborativo, es necesario realizar una transformación de las individualidades por medio de la “internalización de un aprendizaje colaborativo”, es decir, la mirada debe ser desde la perspectiva de equipo y dejando a disposición de bien colectivo, todas las cualidades que posea uno como individuo.

También el rol de la escuela es fundamental, entregando los espacios y estructuras que permitan un trabajo analítico, sistemático y metodológico eficiente; cuestión que a veces es difícil de garantizar, pero siempre se debe comenzar un primer paso.

Con todo lo anterior, podemos afirmar con certeza, que los profesores que tienen un Educador Diferencial en su sala tendrán siempre un colega que puede y debe aportar intencionada y colaborativamente, en el ejercicio de clases que abarquen la diversidad de los estudiantes que tenemos en nuestras aulas.