Imaginemos que usted es un hombre de cierta fortuna que, además, tuvo la suerte de ganarse la lotería. Llegó a tener una buena casa, diferentes propiedades y un buen sueldo que hacían difícil imaginar que podría llegar a tener problemas económicos. Pero, como muchas veces pasa, lo que fácil llega fácil se va y usted, a espaldas de su mujer e hijos, se las arregló para despilfarrar el patrimonio familiar.

La suya fue una historia de muchos gastos con los amigos, juergas y malas decisiones, al punto que su matrimonio terminó en los tribunales, con la ahora su ex mujer acusándolo de infidelidad, malos tratos y abandono del hogar.

Pero no solo la relación con su ex mujer se deterioró. Su banco comenzó a inquietarse pos sus recurrentes sobregiros y gastos por arriba de sus ingresos, y decidió primero subirle la tasa que le cobraba por los sobregiros, luego cortarle la línea de crédito, y ahora lo amenaza con embargarle la casa y otras propiedades.

Ahora usted, desesperado, le ha pedido al banco que le reprograme la deuda. El banco quiere recuperar la inversión, pero tiene serias dudas de su disposición a pagar, por lo que hace una estrategia para no tener que embargarle las propiedades y pasar por el tortuoso camino de remates y disputas con su ex esposa, sus hijos y otros acreedores que han aparecido. El banco le propone renunciar a la administración del patrimonio familiar y cederle este derecho a su ex mujer. Con esa condición, el banco estaría dispuesto a reprogramar la deuda, lo que no es poca cosa, ya que esto implica renovar las líneas de crédito a la familia, otorgarle unos años de gracia y reducir el tamaño de la deuda.

Le confieso que me siento tentado a criticarlo agriamente por su torpeza, y a exigirle ceda los derechos de su patrimonio a su ex esposa. Pero está claro que sólo usted puede tomar esa decisión.

El problema es que usted odia a su ex, la odia tanto como se quiere a usted mismo, más de lo que parece querer a sus propios hijos, ya que se resiste a renunciar al patrimonio familiar y al bienestar que disfrutó en los últimos años. Pero lo que usted parece no entender es que lo que le ofrece el banco es la única alternativa que le queda, ya que no hay otra salida razonable.

Como decimos a veces los economistas, apartemos el velo que oculta a este hombre.

Usted es el gobierno de Venezuela y ha acumulado una deuda de 150 mil millones de dólares, a pesar de haber disfrutado del súper ciclo de precios de las materias primas. No es la idea discutir aquí cómo se las arregló para despilfarrar esa bonanza, ni tampoco detallar las diferentes dimensiones del problema económico y social que enfrenta. Simplemente, constatar las dificultades que está teniendo Venezuela para servir una deuda que contrajo a intereses absurdamente elevados, y que ha llevado a Nicolás Maduro a anunciar la reestructuración de la deuda venezolana.

La ex esposa es la oposición, y la parábola de transferirle a ella la gestión del patrimonio familiar la hago porque parece altamente improbable una reestructuración de la deuda venezolana sin un acuerdo con el grueso de los acreedores, y esto no es posible sin un cambio de conducción política y económica.

De manera que las opciones que enfrenta el gobierno venezolano son bastante claras y acotadas: seguir sirviendo la deuda pública externa a un costo que ya resulta humanamente insostenible; declarar una moratoria de pagos y arriesgar represalias de los acreedores que intentarán cobrar sus préstamos a través de la liquidación de activos del Estado venezolano en el exterior;  o lograr un acuerdo de reestructuración de la deuda.

Le corresponde al gobierno venezolano decidir cuál camino tomar. Ojalá lo haga pensando en el futuro de Venezuela, y no en una aparente ventaja circunstancial que obtuvo en la última elección.