El amor de un artista por su obra, de un hombre por su perro, del padre por su hijo y la relación entre los esposos, al ser analizados, nos ayudan a descubrir una mejor comprensión del Amor divino. Éste implica, necesariamente, que lo amado corresponda a lo que el Amante solicita, para lo cual, si algo obstruye esta entrega, debe ser eliminado. Abandonar lo que lo hace indigno del amor conlleva muchas incomprensiones y sufrimientos, mientras no se acepte o asuma la perspectiva divina.

¿Cómo es esta relación entre Dios y nosotros?

Si nos quiere dignos de su amor nos dirigirá con ese objeto. Ahora, tomar ese norte, puede implicar sufrimientos por el abandono de características de nuestra humanidad que, en cierto sentido, Dios no quiere en nosotros. Es misteriosa nuestra relación con Dios, de qué forma estamos unidos a Él solamente podemos saberlo por analogías (1); no obstante, aquí  radica la explicación  más profunda de nuestro ser. Dios es nuestra causa y, como dicen los filósofos, Dios nos crea in facto esse, en el hecho de ser (2). Dios está realmente haciéndonos para Él. Nuestro fin está en Él.

Dios nos va moldeando y esto nos provoca que nuestra humanidad sufra esas molestias interminables, con las cuales nos va  perfeccionando. Somos su obra y nos quiere dignos de Él, es decir, en cierto sentido, Dios tiene que enseñarnos con su amor a abandonar nuestra naturaleza, para poder ser dignos de acceder a la vida divina y a su contemplación. Esto, sin duda, entraña sufrimiento, pero es  porque  no alcanzamos a comprender suficientemente este estadio sobrenatural, al cual parece invitarnos  con esta renuncia.

La analogía, hecha por Lewis recurriendo a un perro, nos revela  una gran verdad. El amo que sabe que sus retos y amonestaciones le harán mucho bien a su cachorro, siente cierta impotencia, porque éste no logra asumirlas. La verdad  del bien del perro, está sólo en su dueño. La espera, para que el animal también la asuma, es como la espera del hombre para encontrar el sentido de su vida. Examinemos la metáfora aludida:

“En su estado natural, el perro tiene olor y hábitos que le privan del amor del hombre; éste lo lava, lo domestica, le enseña a no robar y, de esta manera, se le hace posible quererlo. Todo este procedimiento haría al cachorro- si este fuera un teólogo- tener serias dudas acerca de la “bondad” del hombre, pero el perro adulto y entrenado, de mayor tamaño, más sano y más longevo que el perro salvaje, admitido como por gracia a un mundo de afectos, lealtades y comodidades muy por sobre su destino animal, no tendría tales dudas” (3)

La idea de que el hombre no es un ser que posea la plenitud de su realidad, es una idea recurrente en Lewis. El siempre destaca que el hombre debe ser perfeccionado para ser agradable a Dios. El amor que el amo prodiga a su perro se manifiesta con innumerables amenazas al animal, para que éste aprenda, en cierto sentido, a humanizarse. La naturaleza del perro, salvaje e instintiva, es contrariada cuando debe aprender a comer en determinado sitio, permanecer quieto cuando lo bañan, silenciar sus ladridos, etc. Si logra captar y hacer lo que le dicen será querido y aceptado. Este paso, de perridad a humanidad, es sacrificado y, muchas veces, no entendido por el animal, pero su padecer tendrá un premio, al ser incorporado en el  mundo de su amo.

También, Lewis, para esta misma idea, utiliza la metáfora del artista con su obra. ¿Cuántos trazos debe dar para que la pintura quede perfecta?  El hombre debe entender que, en su condición actual, no es apto para entrar en las moradas de Dios; por lo tanto, su ser debe ser perfeccionado para que Dios more en él. Esta vida, con mi ser inacabado, en camino y no en la meta, es lo primero a aceptar, pero, además, se debe considerar que no sabemos, a ciencia cierta, en qué consiste la carencia que debemos arreglar. Ésta debe ser revelación divina. Si no me doy cuenta que mi ser requiere de algo, no podré seguir ningún camino (soberbia), solo si sé que mi ser requiere de una ayuda para existir en plenitud podré lograr la perfección anhelada (humildad). Se aprecian estas ideas en el siguiente párrafo:

“Puede ser que un artista no se tome mayor trabajo al hacer un bosquejo a la rápida para entretener a un niño; puede que lo dé por terminado, a pesar de no estar exactamente como pretendía que fuera, pero, con la gran obra de su vida- la obra que ama tan intensamente, aunque de manera diferente, como un hombre ama a una mujer o una madre a su hijo- se tomará molestias interminables y, sin lugar a dudas, causaría molestias interminables a su cuadro, si éste fuera sensible. Uno puede imaginarse a un cuadro sensible después que ha sido borrado, raspado  y recomenzado por décima vez, deseando ser sólo un pequeño bosquejo que se termina en un minuto. De igual forma, es natural que nosotros deseemos que Dios hubiese proyectado para nosotros un destino menos glorioso y menos arduo, pero, en tal caso, no estaríamos deseando más amor, sino menos” (4)

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(1) “Para evitar el equívoco puro, es preciso apoyarse en la relación que une todo efecto con su causa, único vínculo que nos permite remontar, sin posible error, de la criatura hasta el creador. Esta es la relación que Santo Tomás llama analogía, es decir, proporción”.  GILSON, ETIENNE. El Tomismo. Desclée. Buenos Aires, 1951. p. 156.

(2) ”Se llama causa eficiente in fieri” la que produce la génesis del efecto, sea este una modificación o circunstancia adjetiva. Causa eficiente “in facto esse”, en cambio, es aquella que produce, además la persistencia entitativa del efecto. Como ejemplo de causa eficiente in fieri podemos dar el de Miguel Ángel respecto de la PIETÁ o el de Velásquez respecto de LAS MENINAS y como ejemplo de causa eficiente in facto esse, el sol respecto del día y es en este último tipo de causas, pero de modo infinitamente más perfecto, donde figura Dios respecto de todas y cada una de sus criaturas”. LIRA, OSVALDO. “Gracia. Metafísica, Derecho”. Philosophica 9-10. Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1987. p. 67.

(3) LEWIS, C.S. El problema del dolor. Editorial Universitaria, Santiago de Chile. 1990. p. 45.

(4) LEWIS, C.S. El problema del dolor. Editorial Universitaria, Santiago de Chile. 1990. p. 44.